¿Qué hace una travesti en mi cocina?
Pues lo mismo que en la vida: improvisar con lo que tiene en la nevera, mezclar lo dulce y lo amargo sin miedo, darle un par de vueltas y SERVIR (en bandeja de plata).
Esta sección no va solo de recetas, sino de todo lo que se cuece alrededor de la comida: los olores, los recuerdos, las ganas, los amores y esos desastrillos que, quizás, no te sacien, pero te den experiencia.
Quiero que aprendas algunas recetas para que luego las hagas tuyas; que le pierdas el miedo a cocinar y a equivocarte. En la cocina, como en la vida, casi todo tiene arreglo: desde una mayonesa que se corta hasta un bizcocho que no sube. Se puede solucionar TODO, con método.
Pero, sobre todo, quiero que sirvan para que las compartas con la gente que quieres: un almuerzo con amigas, una cena romántica o un picoteo un domingo al azar.
Cocinar es un acto de placer, de identidad, de memoria y, a veces, de resistencia.
Yo cocino para mantenerme viva: como persona, como personaje y como memoria colectiva de nuestras madres y abuelas. También cocino para compartirlo con vosotras, y con mis comensales, que siempre tienen ganas de un buen salseo.
Bonituras, bienvenidas a mi cocina
Aviso: aquí se pelarán gambas con uñas postizas, se batirán huevos al ritmo de música de gasolinera y la temperatura rozará los 180 °C constantemente. ¡Usa maquillaje waterproof!

Comer helado como filosofía
Para mí, no hay nada más reconfortante que un capricho que desafíe la lógica meteorológica, como llevar solo ropa interior debajo del abrigo. Como helado en verano, obviamente, porque el cuerpo lo pide; pero también en invierno, cuando hace frío y el sentido común dice: «bonitura, not today».
A veces me miran raro en diciembre, cuando, en una cafetería (digo cafetería porque las heladerías, en esa época, se travisten de tiendas de polvorones), pido una tarrina de vainilla (a sabiendas de que lleva allí más tiempo que una playa), mientras el resto del mundo se refugia en bebidas humeantes o licores. Comer helado todo el año es una filosofía de vida.
El helado es la alegría al alcance de la mano: fresquito, efímero, versátil y para todos los gustos. Y precisamente, por eso, DI-VI-NO.
Siempre me he preguntado por qué lo asociamos a la felicidad. Nadie se consuela con helado en la vida real, por mucho que el cine insista. La gente triste no quiere cosas frías: quiere calditos, mantas, abrazos. El helado exige una cierta disposición al disfrute. Es incompatible con el drama.
Pero también creo que comer helado cuando una está mal debería ser obligatorio. No en plan receta médica, sino como acto de rebeldía. Porque hay algo subversivo en comerse un helado de tres bolas cuando el mundo se tambalea.
Y quizá esa sea la clave: el helado, en realidad, no pertenece ni a la tristeza ni a la alegría, sino a ese lugar intermedio donde una decide aprovechar el momento, subirse al tren del aquí y el ahora.
A no dejar que la vida pase sin saborearla.
A disfrutar incluso de lo que dura poco.
A celebrar lo pequeño, lo dulce, lo inútilmente hermoso.
Yo como helado todo el año.
Y, sinceramente, creo que eso me salva un poco de las frialdades del mundo.

¡Tarta helada sorpresa! COMPARTE LA ALEGRÍA
- Para el relleno
- 1 litro de helado al gusto (puedes combinar sabores)
- Para el bizcocho (puedes comprarlo hecho)
- 100 g de aceite de girasol
- 100 g de azúcar blanco
- 2 huevos M
- 100 g de harina de trigo
- 1 cucharadita de levadura química
- 1 cucharadita de esencia de vainilla o la ralladura de 1 limón
- Para el merengue
- 3 claras de huevo M
- 180 g de azúcar blanco

ELABORACIÓN
Prepara el relleno
Forra el interior de un bol o molde con capacidad para 1 litro y unos 18 cm de diámetro con film transparente.
Añade el helado y presiónalo bien con una espátula para que no queden huecos.
Alisa la superficie, cúbrela con más film y mete el bol en el congelador.
Prepara el bizcocho
Enciende el horno a 180 ºC, con calor arriba y abajo.
Mezcla el aceite de girasol con el azúcar hasta obtener una mezcla homogénea.
Agrega los huevos, uno a uno, y remueve hasta integrarlos por completo.
Tamiza la harina con la levadura y añádela a la mezcla.
Remueve hasta que no queden restos de harina.
Incorpora la vainilla o la ralladura de limón y mezcla hasta que se integre bien.
Engrasa un molde de 18 o 20 cm (o fórralo con papel de horno).
Vierte la masa y hornea durante 20-22 minutos, o hasta que, al pinchar con un palillo, este salga limpio.
Saca el bizcocho del horno y deja que se temple unos 10 minutos.
Desmóldalo y colócalo sobre una rejilla para que se enfríe por completo.
Si tiene copete, córtalo para dejar la superficie lisa.
Saca el helado del congelador, retira el film y colócalo sobre el bizcocho.
Vuelve a meter la tarta en el congelador mientras preparas el merengue.
Prepara el merengue
Pon las claras y el azúcar en un cazo y mezcla bien.
Calienta a fuego muy suave, sin dejar de remover, hasta que el azúcar se disuelva.
Pasa la mezcla al bol de la batidora y bate con las varillas hasta conseguir un merengue firme y brillante.
Saca la tarta del congelador y cúbrela por completo con el merengue, ayudándote de una espátula.
Tuesta la superficie con un soplete hasta que quede dorada.
Si no la vas a servir enseguida, guárdala en el congelador. (Si no tienes soplete pide uno para Navidad.)
Sirve tu tarta sorpresa bien fría.
Puedes prepararla en versión individual, pero te aviso: el corte de la tarta grande es sencillamente espectacular.
Tip nivel all stars
Prueba a congelar mermelada o crema de cacao en un molde esférico y, cuando esté bien dura, colócala en el centro del helado a la hora de rellenar el bol.
Tip nivel reina al rescate
Si no tienes tiempo para preparar el bizcocho, cómpralo ya hecho. Busca en tu súper de confianza las bases para tartas: te sacarán del apuro y quedan estupendas.
MIS COMBINACIONES DE HELADOS FAVORITAS
- Turrón + café/chocolate blanco/whisky
Chocolate + naranja/avellana/vainilla
Limón + frambuesa/coco/mango
Pistacho + caramelo salado/galleta/cereza




