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Regina y Dani esperan a su primer hijo.

Una historia de vida (II): «Estoy feliz, pero siento que vivo en una cárcel»

Dani y Regina son un matrimonio trans y se convertirán en padres primerizos en unas semanas. Él gesta al hijo de ambos, y aunque ahora disfruta de las pataditas de Alessandro, también están las patadas de fuera: las de la disforia y el juicio de los otros

Ana Pérez-Bryan

Ahora que hace cuentas, es incapaz de recordar la última vez que bajó solo a comprar el pan. O que se dio un paseo sin ir mirando quién iba detrás. Que no tuvo que esconderse ni que avisar a su mujer de que sí, «que voy a hacer un recado y estate pendiente por si en diez minutos no he vuelto».

Ahora que hace cuentas, ha olvidado última vez que entró en sus redes sin que le temblaran las manos. Aún no se le notaba la barriga. Entonces era Dani, a secas. Ahora es Dani, el hombre embarazado.

Ahora que hace cuentas, le quedan cuatro semanas para salir de las suyas y lo natural es que en estos días sólo estuviera pendiente de las pataditas de Alessandro. Una, dos, tres. Pero también están las otras patadas, las de fuera. Cien, doscientas, trescientas.

«Esto no hay por dónde cogerlo, el mundo se va a la mierda. Lo siento, pero esto no es normal. Sois unos pervertidos».

A Dani se le ilumina el móvil -otra notificación- y se le oscurece la cara: «Reconozco que la situación nos ha superado un poco», dice haciendo repaso por los comentarios en redes que dictan sentencia porque los hijos los tienen las mujeres y porque él es un hombre que gesta al suyo. Porque son los hombres los que inseminan y porque -ay- ha sido su esposa, Regina, la que ha cumplido con ese papel.

«Para dar tantas vueltas, podrías haberos quedado como nacisteis».

Como si para ser trans hubiera que pedir permiso. Y, sobre todo, no molestar. Dani Lo Destro (24) y Regina Varanski (30) no lo pidieron para hacer sus transiciones, cada una a medida; se casaron hace tres años después de cinco de relación y el pasado mes de noviembre llegó la noticia de que iban a tener un bebé. Como la mayoría, «fruto del amor». Y como la mayoría, también, «concebido de manera natural»; porque en esa transición a medida Dani decidió conservar sus genitales biológicos y Regina, los suyos. Después de una historia llena de curvas, la llegada de Alessandro prometía camino tranquilo. Hasta que molestó.

«¡Qué horror hasta dónde han llegado, ya Dios pedirá cuentas!».

Regina y Dani no las piden a los que hablan en su nombre pero sí que, al menos, no se tire la primera piedra. Ni la segunda, ni la tercera. «Me pregunto qué estamos haciendo mal, no sé que tiene la gente en la cabeza; sólo somos un hombre y una mujer que se aman, que llevan una vida estable y que fruto de ese amor va a nacer un bebé deseado y querido», lanza ahora Regina mientras le acaricia la barriga a Dani. «En estos meses siento que he tenido que ser yo la fuerte y la que lo calma», añade ya metida en el papel de madre leona. Que el de esposa lo lleva de serie y que para uñas, las suyas.

Dani la mira mientras ella repasa, uno a uno, los arañazos: «¿Sabes lo que más me sorprende? Que detrás de muchos de esos comentarios hay perfiles de 'seño de infantil' o 'mamá de cuatro'… mujeres que tienen niños a su cargo o que directamente son madres, y que están inculcando unos valores que dan miedo. Que serás muy amorosa en tu trabajo o en tu casa, pero acabas de soltar por redes que ojalá los servicios sociales nos quiten a nuestro bebé».

«Estáis de camisa de fuerza. Sois un engendro, deberían encerraros».

Regina y Dani prefieren encerrarse, sí, pero en una burbuja. «Intentamos que esto nos afecte lo menos posible, pero muchas veces es inevitable. Es muy raro, porque a la vez que soy tremendamente feliz, también me siento en una cárcel. Me da miedo salir a la calle. Imagina, si hay parejas de chicos a los que pegan por darse un beso en público, ¿qué podrían hacerme a mí al verme con una barriga?», admite el padre que gesta y que, desde hace meses, se mete las camisas a la fuerza. Que no es lo mismo.

Es justo ahí, en esa parte de la historia que te obliga a encajar a la fuerza, donde ambos se detuvieron cuando el predictor dijo que serían padres: la ciencia lo llama disforia; la realidad es que no te reconoces en el espejo. Dani y Regina conocen todas y cada una de esas aristas: las primeras, cuando eran apenas niños y entendieron que la biología iba por el lado contrario a cómo se sentían; las segundas, cuando le pusieron nombre a aquello y empezaron sus transiciones hasta ser un hombre y una mujer plenos. Las últimas han llegado ahora, porque a los miedos naturales de todos los padres primerizos se suman los miedos naturales de ver cómo, físicamente, es el otro el que proyecta la imagen de lo que eres. Porque Dani gesta y Regina no aunque Dani sea el padre y Regina la madre. Y de eso también hay que hablar ahora que la huella del embarazo es más que evidente.

Por eso empieza Dani, el padre con barriga de casi ocho meses que ya sabe que Alessandro «va a ser movido porque no para de dar pataditas». Lo celebra palpando con la mano la última voltereta de su bebé y con la ternura de quien siempre supo que quería ser tener hijos. Lo que no le dijeron es que, a pesar de los tratamientos con testosterona, podría lograr una gestación natural. La decisión de peso la tuvo que tomar con 14 años: «Tienes que elegir: si quieres seguir adelante con la transición no podrás tener hijos», le había dicho el endocrino cerrando de par en par cualquier puerta hasta que la vida las abrió de golpe.

Con ellas, también las dudas. «Hay días que me cuesta mucho reconocerme en un espejo, pero es muy bonito sentir cómo nuestro hijo crece dentro de mí», admite Dani, «sobrepasado» -eso sí-, por asuntos prácticos como el de la ropa de ¿premamá? «Por ahí sí que no ha querido pasar; lo hemos solucionado comprando ropa más grande», interviene Regina, siempre pendiente, mientras él se ríe porque muchas veces le tiene que decir a su esposa que se espere, que ha perdido «los pantalones por el pasillo». O cuando ella lo calma para que no se preocupe por el tamaño de la barriga, que conoce a hombres «con barrigas mucho más grandes y redondas ¡y nadie se plantea si están embarazados!». Las tardes de calor a plomo sin poder ir a la piscina o a la playa para no mostrarse, evitar a los amigos a los que hace mucho tiempo que no ven «para no tener que dar muchas explicaciones». Ver que el parto se acerca. Que quedan cuatro semanas. Las preguntas incómodas.

-«¿Que si le voy a dar el pecho? No, no tengo glándulas mamarias; me las quité a los 16».

Que también en esto se puede elegir sin hacer caso a los consejos de patio de vecinas. «¡Para eso está su madre, que soy yo!», zanja Regina entrando de lleno en lo suyo. En su huella, que no es física pero que golpea por dentro con la misma fuerza que las patadas de Alessandro. La mujer, la esposa y la madre sin barriga de casi ocho meses que a cambio luce orgullosa el colgante con el nombre de su bebé que Dani le regaló por el Día de la Madre. La que hará el piel con piel en la sala de partos. La que se despertará por las noches para dar el biberón, cambiar el pañal y recuperar los meses de (des)ventaja. La que tiene que construir su propio cordón umbilical con el hijo que llega. «Yo soy la madre», arranca como si hubiera que explicar lo que se ve y lo que es. Y sigue: «También he tenido que hacer mi proceso y desarrollar mi vínculo materno al margen de lo que la sociedad dicta que tiene que ser».

La madre vulnerable frente a la imagen de mujer empoderada que Regina proyecta cada noche, cuando se sube a un escenario y es la vedette y artista aclamada por su público. Ahí, el reflejo es tan afilado y poderoso como sus tacones de 12 centímetros; pero ahí, también, han surgido los miedos: «Llevo meses pensando en si cuando nazca el bebé podré seguir siendo yo. Me he planteado mi individualidad, mi papel de cuidadora, el rol de madre… ¿Sabes? Es que yo he tenido que pelear mucho durante diez años para estar donde estoy y ahora me planteo si puedo seguir siendo una buena artista sin ser una mala madre».

Cuando se cierran las cortinas y se apagan los focos. Es ahí donde están las respuestas que calman a ambos. «La burbuja», insisten. Montar la cunita, el carrito de paseo o la silla del coche. Doblar en la cómoda blanca y nueva la ropita que empezaron a comprar incluso antes de pensar en que serían padres. Jugar a los parecidos ahora que ya han visto su carita en 5D. «Ojalá tenga tus ojos y tu pelo», le susurra Dani igual que hizo al poco de conocerla, cuando ya tenían claro que vendrían la boda, el cuento, el bebé y las patadas. Darse cuenta de que están «aún más enamorados». «Mirarla y ver a nuestro hijo en ella». La deuda que la esposa no podrá «pagar» al marido por haberlo gestado «con tanto amor» y en nombre de los dos. La certeza del padre, ya sin espejos ni dudas: «Esto sólo lo hubiera hecho contigo».

El móvil que se ilumina y las manos que tiemblan. Otra notificación.

«Qué suerte va a tener ese bebé por tener un papá y una mamá como vosotros. Que vivan las familias bonitas».

***Este reportaje es el segundo de una serie de tres que terminará con el parto de Dani

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