COME COMO DIOS MANDA
Pink Chadora: «¡Me tienen frita!»
Es bien sabido que en una freidora todo entra triste y sale con la autoestima por las nubes. La fritura tiene la capacidad de transformar lo mediocre en glorioso. Una rebanada de pan mojada en leche, fría y blandurria, parece un castigo. Pero frita y espolvoreada con azúcar y canela, se convierte en una religión capaz de hacer llorar de emoción a un país entero.
Quizá por eso llevamos siglos friendo cosas, porque el aceite caliente no se limita a cocinar: alegra, y mejora el ánimo general de cualquier cosa. Hay técnicas más sofisticadas, faltaría más. Pero ninguna tiene el poder emocional de unas croquetas de puchero recién sacadas de la sartén.
El problema es que llevamos décadas tratando la fritura como si fuera un pecado: que si las grasas, que si el colesterol, que si «esto es veneno». La obsesión contemporánea por la pureza alimentaria y lo jelzi ha convertido lo frito en el malo de la película. Aceptamos que un yogur ultraprocesado con sabor «cheesecake de pistacho proteico» parezca saludable mientras miramos con culpa unas patatas fritas hechas en casa. La modernidad alimentaria es rarísima. Nos fiamos más de unas chips de lenteja con sabor barbacoa ahumada y 24 gramos de proteína que de una croqueta hecha por nuestra abuela.
Si las abuelas de todas las culturas del planeta han acabado friendo será por algo. Japón tiene la tempura; Andalucía, el pescaíto; Italia, desde las bolas de arroz hasta las flores de calabacín o las aceitunas rellenas empanadas; México tiene totopos, quesadillas fritas y churros; Francia convirtió las patatas fritas en patrimonio internacional y medio planeta las llama French fries. Y Estados Unidos ha llegado a freír mantequilla. Aunque quizá eso ya no sea comida sino una especie de experimento sociológico.
También me gustaría añadir de que ningún perfume nicho de más de trescientos euros ha conseguido todavía emocionar tanto como el aroma de unos filetes empanados. Y mira que yo adoro el mundo de la perfumería, especialmente los gourmand: esos perfumes que huelen a vainilla, a tarta de limón o a caramelo tostado. Pero sinceramente, estoy deseando que llegue la tendencia definitiva: el layering de fritura. Boquerones fritos con azahar o torreznos y pachulí.
Dudo mucho que la comida frita desaparezca porque no la comemos por necesidad sino por puro capricho. Nadie sueña con una crema de guisantes a las tres de la mañana,pero unos nuggets, unos churritos o unas gyozas recién hechas… Hay placeres más sofisticados, sí, pero pocos tan humanos como aceptar que te vas a achicharrar el cielo de la boca simplemente porque no puedes esperar ni un segundo más para ser feliz.
Pittule, una receta italiana que aprendí de mi suegra, Mariolina, en el sur de Italia
Ingredientes
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500 g de harina
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25 g de levadura fresca (1 cubito)
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500 ml de agua con gas
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1⁄2 cdta. de sal
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Una pizca de pimienta negra
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Aceite de oliva virgen extra para freír
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+ *Relleno a elegir
Preparación
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Disuelve la levadura en el agua con gas dentro de un cuenco grande. Añade la harina, la sal y la pimienta.
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Mezcla y trabaja la masa hasta que quede homogénea, suave y elástica. Debe despegarse de las paredes del cuenco y tener una textura ligera y pegajosa, pero nunca líquida.
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Cubre el cuenco con un paño limpio y deja levar entre 1 y 2 horas en un lugar templado, hasta que la masa esté hinchada, esponjosa y llena de burbujitas.
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Si quieres añadir relleno, incorpóralo en trozos pequeños cuando la masa ya haya fermentado al menos 1 hora. Mezcla suavemente y deja que termine de levar.
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Calienta abundante aceite de oliva en una sartén profunda. Cuando esté bien caliente, ve cogiendo pequeñas porciones de masa con ayuda de dos cucharas y déjalas caer en el aceite. No hace falta que queden perfectas: parte de su encanto está precisamente en esas formas irregulares y caseras.
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Fríe las pittule hasta que suban a la superficie y estén bien doradas por fuera. Retíralas con una espumadera y déjalas escurrir sobre papel de cocina
Son una especie de buñuelos salados: crujientes por fuera, tiernos por dentro y peligrosamente adictivos. Una receta que demuestra que con harina, agua y algo bien frito se puede alcanzar la felicidad.
Es una de mis recetas favoritas por sencilla, porque siempre sorprende a los invitados y, sobre todo, por lo versátiles que son.
*Puedes hacerlas simples, sin relleno, o versionarlas. Aquí te dejo algunas ideas para combinaciones que solo tendrás que añadir a la mezcla base cuando la masa ya haya fermentado:
— Anchoas, alcaparras y aceitunas negras
— Tomates cherry y aceitunas verdes
— Pesto
— Taquitos de jamón y tomates secos
Cómelas recién hechas, quemándote un poco los dedos y la lengua, que es como saben mejor.