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Las lesbianas y sus ex: un clásico sin resolver

Diez mujeres del colectivo se sientan a hablar sin filtros sobre qué pasa de verdad cuando el amor cambia de forma pero la persona no desaparece

Las lesbianas y sus ex: un clásico sin resolver
Alba Tenza

Imagina una mesa larga en un bar de los de siempre. Sillas que rebosan comodidad, música tranquila, y algo para beber que endulza la charla. Y en cada una de ellas, diez mujeres que no se conocen entre sí pero que, en cuanto empieza la conversación, se dan cuenta de que hablan el mismo idioma. Vienen de distintas ciudades, de distintas edades, de distintas historias. Una es argentina, otra mexicana, las demás repartidas por España. Algunas tienen hijas. Alguna tiene, también, a su ex sentada en la misma mesa. Y todas, sin excepción, tienen algo que decir sobre el mismo tema: qué pasa con las ex dentro del colectivo lésbico. Por qué no desaparecen del todo. Si deben hacerlo. Si pueden no hacerlo. Y si el famoso mito de tiene más de verdad que de cuento o más de cuento que de verdad.

En realidad, esa conversación no ocurrió en ningún bar. Pero bien podría haberlo hecho. Porque lo que estas diez mujeres cuentan, cada una desde su experiencia y su manera de ver las cosas, te teletransporta exactamente a esa sensación, la de una charla que empieza con una pregunta aparentemente sencilla con toda la contradicción y la honestidad que solo aparecen cuando alguien habla de verdad y sabe lo que dice.

El punto de partida es conocido por cualquiera que haya pasado aunque sea un rato dentro del colectivo: las lesbianas, según dice el dicho, nunca se van del todo de la vida de sus ex. El amor cambia de forma, sí, pero ahí siguen. Como amigas, como omnipresentes en redes, y hasta como caras reconocibles en los mismos planes y los mismos espacios. El mito tiene tanta vida propia que ya ha dado el salto al meme, a la broma recurrente, al chiste que todas entendemos sin que haga falta explicarlo. Y sin embargo, como pasa con casi todos los mitos que desfilan por nuestras vidas, algo de verdad lleva dentro. La pregunta es cuánto. Y la respuesta, como suele ocurrir cuando hay diez personas alrededor de una mesa, no es única.

Un mismo círculo

Hay una explicación que aparece sola, sin que nadie la busque demasiado, y que tiene más que ver con la geografía social que con la psicología: los círculos entre el colectivo tienden a ser pequeños. En ciudades medianas, en pueblos, incluso en grandes capitales donde los espacios seguros del colectivo se reducen a unos pocos nombres conocidos, la misma gente se cruza una y otra vez. Los mismos eventos, las mismas redes de amigas, las mismas caras en las fotos de otras. Bajo esa lógica, que una ex siga apareciendo en el horizonte no siempre responde a incapacidad de soltar ni a dramas enquistados. A veces es, simplemente, que desaparecer del todo no es tan fácil cuando el mundo que se comparte es exactamente el mismo.

Marian Videla, argentina, lo apunta con honestidad, pues reconoce que nunca ha tenido la oportunidad de ser amiga de una ex, pero que es algo que le interesaría experimentar una vez que no quedara ningún sentimiento pendiente y el tiempo hubiera hecho su trabajo. «En el mundo lésbico el tema de las ex siempre está muy presente», dice. «Desconozco el motivo sociológico, pero hay tantas posibilidades como personajes de las historias». No lo llama mito ni verdad, lo llama realidad variable, que es probablemente la descripción más precisa que existe.

Lorena Saura lo mira desde un ángulo parecido. Para ella, cuando hay mucha conexión emocional y la ruptura no fue destructiva, puede quedar un cariño genuino que no se disuelve de un día para otro. No porque las lesbianas tengan algún superpoder afectivo, sino porque la profundidad del vínculo que existió no desaparece solo porque la relación haya cambiado de nombre. Lo que define lo que queda, dice, es cómo se vivió la relación y, sobre todo, cómo se gestionó el final.

El mito con matices

Pero no todas compran el relato sin ponerle reparos. Y que nadie lo haga, que cada una lo cuestione a su manera, es quizás lo más interesante de esta conversación imaginaria que se vuelve real en cuanto toma forma esta puesta en común de cada conversación individualizada.

Mary Niebla va al grano desde el primer momento. «Es un mito que tendemos a hacer realidad porque creemos que puede ser posible», dice. «Incluso se habla con mucho orgullo de que las lesbianas somos así de buena gente, un colectivo que se trata muy bien y lo hablamos todo». Pero ella misma es la primera en reconocer que de ahí a la práctica hay alguna merma. Cuando llega el momento de hablar en primera persona, lo tiene claro: «Conoces mucho a esa mujer que tienes delante y lo que has vivido con ella está presente, a veces se recuerdan momentos, historias... prefiero no verla».

(Ilustración: Martín de Arriba)

Lupe González añade un matiz que reencuadra todo lo anterior y que ninguna conversación seria sobre este tema debería saltarse: «El éxito de una relación post-ruptura no depende de la orientación sexual sino de la madurez emocional de las personas». Hasta ahí, de acuerdo con muchas de las que están alrededor de la mesa, pero Lupe va más lejos y pone sobre la mesa otro tema: «Cuando ha habido dinámicas de abuso, el contacto cero no es una elección personal ni una postura, es una medida de salud mental y para que exista amistad, primero tiene que haber habido buen trato», señala. Y con eso cambia el marco de toda la conversación, porque una cosa es hablar de rupturas entre personas que se quisieron bien y otra muy distinta romantizar cualquier tipo de vínculo posterior sin preguntarse primero en qué condiciones se construyó.

Soltar también es una opción

Ana García tiene 21 años, es de Linares y tiene una opinión que no le da miedo defender aunque sepa que puede ir a contracorriente. Desde su punto de vista, en la mayoría de los casos no es posible ser amiga de una ex. Al menos no de verdad. Y lo aclara enseguida, sin posicionarse desde el rencor ni desde la incapacidad de cerrar ciclos. Lo manifiesta porque cree que «las relaciones entre mujeres que se quieren tienen una profundidad emocional muy particular, una intimidad que no se desmonta fácilmente con solo cambiarle el nombre a lo que existe» y que llamarle amistad a algo no borra la historia, ni lo que esa persona sigue moviendo por dentro aunque ya no deba moverlo.

Lo que más le pesa, dice, es la presión implícita que lleva el mito. La sensación de que no querer ser amiga de tu ex dice algo malo de ti, que delata poca superación, que evidencia que no lo llevas bien. Cuando en realidad, muchas veces, es justo lo contrario, la decisión más sana que una puede tomar. «Quizás haya excepciones», concede, «pero no creo que deba ser la expectativa por defecto, a veces soltar por completo es la única manera de estar bien, y eso también debería estar permitido sin que nadie te juzgue».

Su compañera de ciudad, María del Mar, también matiza desde otro ángulo. Para ella sí es posible, pero con una condición que no admite atajos, y es que los sentimientos estén realmente resueltos y no haya ningún tipo de autoengaño disfrazado de madurez. Cree que muchas veces lo que impide la amistad no es la relación en sí sino la falta de herramientas para gestionar lo que todavía está pendiente. Que solo cuando eso se trabaja de verdad, la amistad puede ser genuina. Si no, es otra cosa con otro nombre.

Lea Leal, mexicana, lo dice sin rodeos: «No todo el mundo merece seguir teniendo acceso a ti». Para ella, a veces lo único que merece tu ex es tu perdón, pero no para reabrir ninguna puerta, más bien «para soltar, para estar en paz y avanzar», matiza. Cerrar ciclos sin culpa, sin nostalgia, sin romanticismos. «Eso también es amor propio, saber hacerlo sin mirar atrás». Y remata con algo que pocas se atreven a decir tan alto: «Si no está a la altura de quedarse en tu vida, se suelta. sin culpa, sin nostalgia, y ya está».

Cuando hay más en juego

Hay casos en los que la ecuación se complica porque hay más factores sobre la mesa. Cristina Fernández tiene una hija en común con su ex y eso, dice, cambia completamente la perspectiva. Llevarse bien deja de ser solo una cuestión personal y se convierte en una forma de cuidar, de acompañar, de construir un entorno sano para alguien que no eligió estar en medio de ninguna ruptura. Para ella, una ruptura exitosa no es la que termina en odio ni en distancia forzada. A veces lo más maduro es aceptar que el amor simplemente cambió de forma. Que puede seguir existiendo, transformado, sin que nadie tenga que fingir que no existió.

Y luego está el detalle que lo dice todo sin necesitar más explicación: Almudena González y María Carralero fueron pareja. Ya no lo son. Las dos han aceptado hablar del mismo tema para el mismo reportaje y ninguna lo ve como un problema. Almudena se ríe cuando le dicen que eso es un mito, dice que no lo sabía, y reconoce que guarda relación con alguna ex porque después de compartir tanto lo mínimo que debe quedar es una bonita amistad. María, por su parte, habla de esa mezcla de cariño, recuerdos y admiración que aparece cuando los caminos se vuelven a cruzar y te gusta la persona en la que se ha convertido quien antes fue tu pareja. Algo bonito, dice, que no debería perderse. Que las dos estén aquí, hablando de esto, es quizás la respuesta más elocuente a la pregunta de si el mito tiene algo de verdad.

En esta mesa no hay una sola respuesta. Hay una decena, y cada una dibuja una experiencia diferente, pero lo que sí parece cierto, después de esta conversación que bien podría haber ocurrido en un bar cualquiera un viernes por la noche, es que el mito existe, que algo de realidad lleva dentro, y que lo más interesante no está en si las lesbianas gestionan mejor o peor las rupturas que el resto, sino en por qué esta pregunta sigue haciéndose y qué dice de cómo se entienden los vínculos dentro del colectivo. Porque a veces una ex se queda. A veces se va del todo. Y las dos opciones son igual de válidas y, sobre todo, igual de respetables.

La mesa de este bar se vacía, pero es evidente que la conversación sobre esta cuestión inherente al colectivo lésbico, en cambio, continúa.

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