Cómo encontrar a un chico en 10 días
Mi último experimento romántico me ha llevado a besarme en el Prado, a desenmascarar a un infiel y a valorar los beneficios económicos de la muerte de un familiar. He aquí los aciertos y los muchos errores de esta experiencia
Decía Jane Austen que todo hombre soltero en posesión de una gran fortuna necesita encontrar una esposa. A mí casi no me llega para pagar el alquiler, y no es que lo que busque sea precisamente una mujer, pero no desfallezco en mi intento. ¿Qué me empuja a seguir adelante? Me gustaría decir que una cabezonería innata y un romanticismo empedernido, pero a quién quiero engañar: necesito encontrar pronto un +1 que llevar a las bodas. Temo que dentro de poco mi condición de eterno soltero me relegue a la mesa de los niños. Y, ahora que llega el calor, no me gustaría tener que llevarles la contraria a Sonia y Selena.
Desesperado por encontrar una alternativa a los métodos tradicionales, me he lanzado a una nueva aventura que he decidido titular 'Cómo encontrar a un chico en 10 días'. La idea tras el experimento es sencilla: en un periodo de 10 días, he agendado 10 citas con 10 chicos distintos bajo la premisa de que aumentar el número de candidatos podría tener un impacto favorable sobre los resultados, recogidos en este decálogo de consejos que pretenden hacer la competencia al Libro del Buen Amor. Para preservar su intimidad, hemos alterado los nombres de los protagonistas. Todo lo demás sigue intacto. Así que, sin más dilación…
Diez consejos en diez citas... aunque lo mejor es que no me hagáis ni caso. ¿Por qué tendrías que fiarte si soy un eterno soltero?
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1. Investiga a conciencia
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Ligar por aplicaciones tiene sus riesgos. Uno de los principales es el 'catfish' o, como se ha dicho tradicionalmente, que te den gato por liebre. ¿Hay algo peor que eso? Pues, en realidad, sí lo hay: que esa persona sea exactamente quien dice ser… pero tú no te hayas leído su perfil a fondo. Es lo que me ocurrió con Mario. Cuando hicimos match, me dejé llevar por sus fotos de perfil, en las que aparecía luciendo palmito en la playa y jugando con los perros de la familia. Si hubiera estado más atento, quizás habría reparado en algunas red flags evidentes, como que su palabra favorita es 'serendipia', que su solución a los conflictos armados es darse más abrazos y que su talento oculto es… sonreír. Claro, luego me tocó hacerme el sorprendido cuando, mientras paseábamos, insistió en hacerme un test de personalidad para averiguar mi casa de Hogwarts. Un poquito de 'stalkeo' previo a la cita nunca está de más.
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2. Apuesta por el producto local
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Como todo buen 'expat', Patrick odia que lo llamen 'expat'. Él prefiere el término 'nómada digital'. Otra cosa que Patrick odia es trabajar (aunque ahí reconozco que estoy con él). Le gusta tan poco que lleva dos años en Madrid sin dar un palo al agua, en unas vacaciones perpetuas financiadas por sus padres. Él, por supuesto, no se ve a sí mismo como un vago, igual que no ve los indicios de su claro alcoholismo. Patrick prefiere definirlo como una 'pasión' por la bebida. Diferencias terminológicas, imagino. Lo que no admite discusión es que Patrick se bebe una botella de vino al día -y lo hace él solito, sin ayuda de nadie-. Este ritual forma parte del proyecto al que está dedicando todo su tiempo libre (que, siendo honestos, es bastante), y que consiste en comparar los vinos de su California natal con los de la campiña francesa. Por eso se ve justificado a hacer investigación de campo diaria. Reconozco que el prospecto de celebrar una gran boda en Los Ángeles me emociona, pero sé que lo nuestro no podría durar. Enamorarse de un 'visiting' está abocado al fracaso, igual que mi gringo está abocado al fallo hepático. Nunca va a dejar de verme como algo exótico y llegará el día en que, inevitablemente, se aburrirá de mí y se marchará. Por eso, mejor buscar un amor de cercanía.
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3. No es oro todo lo que reluce
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Sobre el papel, Jaime parecía el pretendiente perfecto: un economista de frente algo despoblada y con un piso en propiedad en el centro de Madrid - todo ello, sin haber llegado todavía a la treintena. Yo ya me veía siendo la Isabel Preysler de su Miguel Boyer. Eso es, hasta que puse un pie en su palacete. Más que una casa, aquello era una buhardilla pequeña, oscura y húmeda en la que apenas podía erguirme. Y su dueño, más que pretendiente a ministro, es un pesado de manual. Jaime intentó explicarme que yo también puedo acceder a la vivienda si tan solo me ahorro el café de mitad de la mañana. No contento con eso, procedió a narrarme las bondades de haber perdido a su abuela. Fue una muerte inesperada, me reconoció, pero aquel revés le permitió invertir toda su herencia en bolsa. Una oportunidad de negocio redonda, pensé yo. Me fui de ese cuchitril con dos lecciones aprendidas: que las acciones de Coca-Cola son las más seguras del mercado, y que es mejor ir a una primera cita con las expectativas bajas.
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4. La tentación vive en Instagram
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He desconfiado de Pablo desde el momento en que le conocí. Nada bueno puede salir de un chaval simpático, atractivo y con inclinaciones artísticas que te agrega a sus 'mejores amigos' nada más empezáis a seguiros. Como Pablo vive en Málaga, llevamos un tiempo tonteando por redes. Nos contamos el día a día, compartimos inquietudes y nos mandamos la ocasional foto subida de tono. En una de estas, Pablo me responde que se muere de ganas por comerme entero. Así, sin filtros. Yo le digo que, cuando quiera venir, le acojo en Madrid. Y él, ni corto ni perezoso, me avisa de que antes tendría que llegar a 'algunos acuerdos de poligamia'. ¡Anda! No me habías contado que tuvieras pareja, le comento. Pablo intenta quitarle hierro al asunto: no es algo de lo que hable a menudo y, total, no es que vayan muy en serio. Solo llevan ocho años juntos. ¿Y qué importancia tiene eso cuando quieres quitarte el calentón? En resumen, ten mucho cuidado cuando navegues por Internet: podrías encontrarte a un infiel en cualquier esquina.
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5. Explota sus fuertes
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Estoy harto de que el plan por antonomasia para una primera cita sea quedar a tomar café. Por eso, entenderéis que se me iluminara la cara cuando Jorge, que es historiador del arte, se ofreció a hacerme una visita guiada por el Prado. No nos importó que el museo estuviera abarrotado. Lo recorrimos con calma, charlamos sobre nuestras obras favoritas y hasta nos besamos frente a 'La fragua de Vulcano' de Velázquez. Parecía algo sacado de un sueño. Con Jorge aprendí los intríngulis de la pintura barroca y los beneficios de dar rienda suelta a los intereses de tu cita. No solo te asegura una tarde con buena conversación, sino que también te evita tener que pedir el cuarto capuchino de la semana.
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6. El dinero sí importa
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Si fuera listo, Tinder me daría dinero. Como no lo soy, he desarrollado predilección por bohemios, 'flâneurs' y, en general, cualquier hombre con un título universitario de nulas salidas profesionales. Como César, que en estos momentos se plantea su futuro laboral con un Grado en Filosofía bajo el brazo. El problema de César no es que tenga el bolsillo pelado (que también), sino que es miembro numerario de la cofradía del puño cerrado. No hay otra forma de explicar que, después de vernos en su cervecería favorita, me escribiera para reclamarme el pago del sorbo que yo había dado a su bebida. Un sorbo, por cierto, que él mismo me había ofrecido y que, según había calculado, rondaba los 30 céntimos. Me reí y lo bloqueé, claro está. Pero si saco una moraleja de este encuentro es que no es buena idea juntarse con un hombre que no puede pagarse sus propios caprichos.
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7. Cuidado con lo que deseas
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Cuando mi mejor amigo me agenda una cita a ciegas con su primo Salvador, solo pido una cosa: que, por favor, tenga mejor conversación que algunos de los últimos chicos que he conocido. Deseo cumplido. Salvador parece estar tan ilusionado que no para de hablar. Tanto, que no me deja siquiera intervenir. En el tiempo que él ha encadenado sendos monólogos sobre el 23F, el préstamo que pidió para financiarse una cirugía estética y por qué cree que la exhumación de Franco fue un error, yo solo he tenido oportunidad de preguntarle si le apetece pedir entrantes o prefiere pasar al principal. Estoy seguro de que si me quedara dormido sobre la mesa, él seguiría hablando solo. No me queda otra que recurrir a medidas extraordinarias: en lo que la camarera nos trae la carta de postres, finjo una llamada urgente y me disculpo para pagar y marcharme corriendo. Si estás leyendo esto, Salvador, quiero pedirte perdón. No debí dejarte plantado, pero no podía soportar seguir escuchando el ránking de tus sabores favoritos de cigarrillo electrónico.
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8. Cuartas partes nunca fueron buenas
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Fer y yo estuvimos saliendo hace unos años. Aunque lo nuestro no funcionara, hemos mantenido una relación cordial desde entonces. Por eso decidimos intentarlo otra vez al verano siguiente, y un año después de aquello y, por qué no, esta primavera también. Cuando arranqué este experimento, decidí que sería buena idea invitarle al cine. Error. Quiero mucho a Fer, pero nuestro encuentro me recuerda todas las cosas que no soporto de él y por las que siempre terminábamos cortando: que llegue media hora tarde por sistema, que siempre se ponga a mirar el móvil cuando estoy hablando o, simplemente, que mastique con la boca abierta. Dicen que el ser humano es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra, pero parece que yo sigo cayendo una y otra vez. Hay que asumir que nunca vamos a poder cambiarlos. ¿Y por qué querríamos hacerlo? Es mejor que confíes en tu instinto. Si no funcionó en su momento, quizás es porque no tenía que funcionar -ni entonces, ni ahora-.
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9. Sobre gustos no hay nada escrito
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Si metiéramos a 100 personas en una habitación, 99 de ellas querrían acostarse con Damián, un médico cubano cuyo cuerpo parece esculpido por los dioses. Yo, desde luego, no sería ese 1% discordante. Lo que no esperaba es que, además de macizo, Damián también fuera un poco imbécil. Tras un polvo mediocre, mi médico de cabecera no tiene reparos en decirme que estaría más guapo si perdiera algunos kilos. Su comentario me deja descolocado y algo inseguro. Por suerte, unos días después vuelvo a quedar con Jorge, el chico del Prado, que me señala lo mucho que le gusta que sea más grande que él. Así, dice, se siente mejor cuando le abrazo. Ya seas más de twinks, de nutrias o de osos, todos tenemos nuestro público. Lo único que tienes que hacer es encontrar el tuyo. No caigas en el error, como hice yo, de pensar que solo un tipo de cuerpo es digno de atracción. Y, sobre todo, no aceptes un trato inferior al que mereces.
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10. Elige tu propia aventura
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Si has llegado hasta aquí, el mejor consejo que te puedo dar es que no me hagas ni caso. ¿Por qué tendrías que fiarte de los consejos amorosos de un eterno soltero? Se puede aprender de los errores ajenos, sí, pero lo mejor es que traces tu propio camino. Al fin y al cabo, la única norma para encontrar el amor es que hay que salir a buscarlo. O, al menos, estar abierto a que te encuentre. Y para eso no te queda otro remedio que lanzarte al ruedo. Experimenta, diviértete y no le des muchas vueltas. Y si la cosa no sale como esperabas, no desesperes. La solución es fácil. Tan solo tienes que aplicar un poco de la filosofía Raffaella: búscate a otro más bueno y vuélvete a enamorar.