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'Drag Race' incluye al primer drag king en su historia: ¿quién los teme?

La entrada de Marcus Massalami en 'Drag Race España' es un paquete bomba. El primer drag king que compite como tal en la franquicia abre una puerta histórica al recordarnos que lo masculino era, desde el principio, puro teatro: ¿por qué celebramos la hiperfeminidad drag, pero nos incomoda tanto ver la masculinidad convertida en artificio?

Marcus Massalami, en la foto promocional de 'Drag Race España'.
Ángelo Néstore

Se me ha metido un drag king en el ojo y es que, dentro de unas semanas, por primera vez en la historia de 'Drag Race', un drag king cruzará el umbral del werk room. Y no ocurrirá en Estados Unidos, ni en ninguna de las franquicias que durante años han marcado el ritmo global del formato, ocurrirá aquí, en España, con Marcus Massalami en la sexta temporada de Drag Race España. Después de quince franquicias internacionales, más de setenta temporadas y cerca de ochocientas concursantes desde que el programa empezó en 2009, los focos del programa apuntan hacia un drag king. Hasta ahora, lo más cercano había sido Velma Jones en la sexta temporada de Canada's Drag Race, que también trabaja desde un alter ego drag king, Johnny Jones. Pero esta vez un drag king entra como drag king. Period.

Y, como era de esperar, parte del fandom se ha puesto nervioso. Especialmente esa zona del cis-gayismo que, cada vez que algo le incomoda, corre a disfrazar su misoginia de criterio artístico. Lo mismo pasó con la entrada de la icónica Clover Bish, encarnada también por una mujer cis. «Qué hace esto aquí. Esto no es drag. Qué necesidad. Qué vulgar. Qué mal gusto». Chicos, respirad hondo porque el drag no ha nacido para tranquilizar a nadie, tal vez todo lo contrario.

La entrada de Marcus lanza una hermosa pregunta al corazón del formato: ¿qué entendemos por drag? ¿Qué cuerpos creemos autorizados a cuestionar el género? ¿Qué pasa cuando lo que se sube al escenario no es algo que podemos leer como una feminidad hipertrofiada, brillante, monstruosa y amada, sino una masculinidad fabricada, postiza, sudorosa, ridícula, deseante, igualmente monstruosa?

Hay que hacerle un 'ovah, cariño' al equipo de producción de 'Drag Race España' porque ha demostrado una voluntad poco frecuente de tensar el formato y entender que un programa sobre drag no puede obviar una parte tan importante de su comunidad, por mucho que no parezca interesarle a la «rupona pelona» (shade activado).

Durante años, hemos aceptado con alegría que una drag salga a escena con pechos gigantescos, caderas enormes, pelucas a lo Marge Simpson, pestañas como toldos de feria convertida en una hipérbole de lo femenino que no busca parecer real, sino recordarnos que lo real siempre fue una coreografía aprendida. Esa exageración nos hace reír a carcajadas. No olvidemos que RuPaul tiene en los pechos enormes su talón de Aquiles, ya que basta con que aparezcan dos tetas descomunales para encender su risa icónica. Pero es suficiente un fotograma de Marcus agarrándose un paquete postizo para que se enciendan las alarmas. Justo ahí es donde aparece el problema: unas tetas de silicona pueden hacer reír porque la feminidad lleva siglos disponible para la parodia. Un paquete postizo, en cambio, toca un territorio protegido, la fantasía de que la masculinidad no se fabrica. Porque el paquete sigue siendo hoy día una pequeña prótesis de soberanía. Y cuando ese poder se ve representado como artificio o ridiculizado se vuelve insoportable.

Durante siglos el laboratorio del género ha sido lo femenino, sea para corregirlo, analizarlo, parodiarlo, patologizarlo o humillarlo. Pero cuando una se acerca a la masculinidad y le levanta un poco la sábana, todo el mundo se pone nervioso. Cuidado con decirle que también se aprende delante del espejo y que necesita repetir sus gestos mil veces para parecer natural. Hablar, como se ha hecho, de «nuevas masculinidades» haciendo borrón y cuenta nueva tampoco me parece suficiente. Hace falta abrir lo masculino en canal, mostrar sus costuras, su violencia, su fragilidad y su teatralidad. Y eso es justamente lo que hace el drag king, convirtiendo en espectáculo aquello que durante siglos se hizo pasar por naturaleza.

Marcus Massalami en el vídeo promocional de la sexta temporada de 'Drag Race España'
Marcus Massalami en el vídeo promocional de la sexta temporada de 'Drag Race España'. (ATRESplayer)

Por eso el drag king es tan incómodo, porque toma los códigos de la masculinidad y los empuja hasta que se vuelven visibles. De pronto, se enciende un cenital y el macho se revela como otro personaje en la tarima de un teatro.

Quizá por eso una parte de la reacción contra Marcus resulta tan reveladora, porque en el fondo habla de nosotres y de los límites de nuestra imaginación política. Habla de una misoginia que no desaparece por ponerse una camiseta con transparencias o bailar a Kylie Minogue. Lo gay no quita lo misógino. Uno puede haber sido expulsado de la casa del padre y pasarse la vida entera construyendo una réplica exacta del salón.

Esto me hace pensar que hay una parte de la comunidad cis-gay que ha encontrado en la drag queen una suerte de espejo a través del cual poder acercarse a lo femenino sin perder del todo el pacto con la masculinidad. Una feminidad, por supuesto, espectacularizada, muchas veces deseada desde la distancia, convertida en chiste, diva, madre, villana, muñeca y hasta santa. Y también hay, en esa mirada, una erótica del busca-macho, ese placer de imaginarse como esa mujer que ocupa el lugar del objeto de deseo del hombre hetero, como si por un instante pudiera habitarse la fantasía de ser la mujer que el macho desea. Pero el drag king desplaza ese espejo para entrar en un territorio donde algunos hombres pensaban seguir siendo el sujeto invisible de la mirada. Y está claro que nos molesta menos que se exagere lo que hemos aprendido a despreciar que lo que hemos aprendido a obedecer.

Por eso este momento es tan importante porque nos recuerda que el drag no pertenece a los hombres cis gays, ni a una única tradición, ni a una única forma de hiperfeminidad. El drag es una práctica de sabotaje que nace desde los márgenes, los antros, las calles y los activismos.

Entonces, si ya hemos aprendido, especialmente desde los espacios LGBTIQA+, que todo género es una construcción, ¿por qué nos da tanto miedo ver construida la masculinidad? Por eso me interesa tanto Marcus entrando en ese werk room, para que nos recuerde que la masculinidad también es postiza y se ensaya. Y me alegra enormemente que ocurra en España, una franquicia que, una vez más, ha sabido darle al formato hambre de presente, algo que echo de menos en otras versiones.

Así que celebremos que la masculinidad tenga que pasar por maquillaje, vestuario, gomaespuma y lip syncs. Celebremos que el paquete postizo moleste y escuchemos el crujido de las puertas de la historia de la televisión que Marcus Massalami abre de par en par.

En el fondo, lo que más miedo da no es que Marcus Massalami juegue con la masculinidad. Lo que da miedo es que una mujer cis nos recuerde, con un paquete postizo, que los hombres también llevan siglos actuando.

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