En la película de Pedro Almodóvar ‘Mujeres al borde de un ataque de nervios’ la portera del edificio en el que vive la protagonista es testigo de Jehová. En un momento dado, el personaje interpretado por Fernando Guillén le pide que no cuente que ha estado allí, a lo que la buena mujer le contesta: «Lo siento, señorito, pero yo soy testiga de Jehová y mi religión me prohíbe mentir. Yo solo puedo decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad». Esta máxima, que da pie a una descacharrante escena típica de la entrañable Chus Lampreave, parece ser una de las principales reglas de esta organización, la cual alcanzó una gran proyección mediática en los años ochenta y noventa en nuestro país después de haber sido legalizada gracias a la Ley de Libertad Religiosa de 1970. No obstante, su presencia en medios casi nunca era por algo positivo, sino más al contrario. En primer lugar, porque la sombra de ser considerados una secta siempre ha planeado sobre sus cabezas, ya que han sido acusados de aislar a sus fieles y de prohibir todo tipo de contacto con sus exmiembros, rompiendo así familias, amistades y multitud de relaciones personales. Por otro lado, y quizá este sea el asunto más sonado, han sido acusados de sostener principios alejados del avance social y médico. Esta última cuestión es especialmente reseñable, ya que responde, sobre todo, a la prohibición a sus miembros de recibir o realizar trasfusiones sanguíneas, lo que ha provocado durante años un gran número de muertes.
Ahora bien, siempre es necesario mantener una posición crítica ante los juicios que se lanzan sobre lo que podríamos considerar minorías. Si los testigos de Jehová son una religión minoritaria, es posible creer que la maquinaria mediática se pone en marcha para aislarla y así evitar una competencia directa con la confesión preeminente en nuestro país, la católica. En cambio, la realidad es que ya son muchas las voces de exmiembros que dan buena cuenta de la multitud de prácticas, creencias y postulados que no hacen otra cosa más que oprimir, chantajear y, lo que es peor, manipular a sus fieles. Eso sin contar que quizá de minoritaria no tiene tanto esta confesión. Al menos en patrimonio, ya que poseen un conglomerado empresarial, basado, sobre todo, en un negocio inmobiliario que han ido construyendo a lo largo de los años y que, en palabras de algunos expertos, ha sido gracias a lo que se puede considerar una especie de estafa piramidal.
De todo esto habla ‘Sobrevivir al Paraíso: Más allá de los Testigos de Jehová’, una serie documental dirigida por Pablo Aguinaga y que está basada en el pódcast original del diario ABC ‘Los expulsados del paraíso: Sobrevivir a los Testigos de Jehová’. A lo largo de tres capítulos, varios exmiembros de esta confesión relatan el infierno que vivieron por no ser cumplidores de sus estrictas normas y, una vez que fueron expulsados, el ostracismo al que se vieron sometidos después de toda una vida en su seno.
Las razones de las expulsiones son múltiples, pero llama poderosamente la atención que un gran número de los entrevistados de este documental, que produce Boxfish y que se estrenó el pasado mes de febrero en HBO Max, sean personas LGTB. A través de su testimonio, podemos conocer más de cerca los sinsentidos que planteaban contra aquellos miembros que notaban que los ojos se les iban hacia donde, supuestamente, no debían. Y todo ello bajo la amenaza de que, si seguían así, no iban a salvar su alma ni a entrar en el paraíso que, más pronto que tarde, se iba a instaurar en la Tierra. «La homosexualidad la tenían como muy mal vista, muy de pecadores», cuenta en el documental Ismael Merino, uno de los entrevistados. Esto generaba, ya no solo un mecanismo de opresión y marginación externo, sino también uno interno y aún más destructivo: la homofobia interiorizada. «Para poder quitar mi homosexualidad lo que tenía que hacer era masturbarme pensando en chicas», cuenta Dani Fernández, otro de los entrevistados, que le aconsejaron.
El contrapunto a estos testimonios lo ofrece Diego Hidalgo, un líder espiritual que refuerza, sin pelos en la lengua, estos planteamientos LGTBIfóbicos. «El que es cristiano sabe que Dios no acepta la homosexualidad. ¿Significa que Dios los va a matar? No sé», afirma esta especie de gurú que no se corta a la hora de lanzar, de forma recurrente, juicios de este tipo. Este personaje, que hará una inesperada revelación al final de la serie, también se atreve a justificar la misoginia a través del relato bíblico: «¿Dios a quién creó primero? A Adán. Por tanto, la mujer verdaderamente cristiana obedece a Dios». No contento con ello, además resta importancia a los abusos sexuales a menores al afirmar que en todo grupo grande existe este problema: «En toda casa grande, en todo lugar donde se reúnen muchas personas, ocurre de todo tipo de cosas», y añade: «Los testigos de Jehová, por el tamaño que tiene, pues menos que en otras. Lo que ocurre es que, tal vez se le ha querido dar bombo».
La mayoría de los entrevistados en esta serie documental forman parte de la Asociación de Víctimas de Testigos de Jehová, quienes tuvieron que verse en los tribunales con esta organización por una demanda interpuesta al considerar estos últimos que los difamaba al usar el término «víctimas». A lo largo del último capítulo podremos conocer el desarrollo y resolución de este proceso judicial donde, al parecer, la sinceridad como máxima que tanto predicaba Chus Lampreave en ‘Mujeres al borde de un ataque de nervios’ era tan solo una licencia de Pedro Almodóvar al escribir el guion. La auténtica verdad, valga el epíteto, aún permanece escondida tras los muros de los salones del reino —el centro de reunión de los testigos— y entre el silencio de los fieles que callan y obedecen por miedo a perderse una vida eterna en un paraíso que no es otra cosa que una moneda de cambio para moldear voluntades.
‘Sobrevivir al paraíso’ es un ejercicio valiente, tanto por parte de la productora como por la de sus participantes, ya que se habla sin tapujos. Este documental es, por consiguiente, una forma de comenzar a dar voz a todas aquellas personas que han estado calladas durante demasiado tiempo y que han tenido que vivir un infierno en la Tierra. No obstante, aunque aquí encontraremos testimonios personales aterradores y crueles, también hay lugar para finales luminosos. Muy luminosos. Así que si tuviéramos que quedarnos con una idea final de todo esto es que, aunque organizaciones de este tipo hacen un daño casi siempre irreparable, al final la voluntad de ser feliz se acaba imponiendo. Y es que estos valientes tendrán las puertas de ese hipotético paraíso cerradas, pero hay algo que nunca le podrán quitar y que vale más que todos los falsos edenes del mundo: la satisfactoria certeza de que son quienes realmente quieren ser. Eso sí que es entrar en el paraíso por la puerta grande.




