Ryan Beatty: el músico que convirtió el cancionero clásico estadounidense en un hogar para el amor queer
Entre la tradición del country y el folk contemporáneo, Ryan Beatty cumple 30 años publicando un nuevo álbum que relee el género musical americano desde un lugar de absoluta delicadeza
Existe una tendencia recurrente en la música popular a convertir el desamor en el gran motor creativo. Las rupturas, el duelo o la pérdida suelen ofrecer un relato más inmediato que la estabilidad emocional, casi como si la felicidad careciese de matices suficientes para sostener un álbum entero. Y bien sabemos que necesitamos algo de optimismo y felicidad en estos momentos. Ryan Beatty toma precisamente la dirección contraria en 'Sweet Fortune', su cuarto trabajo de estudio. El artista estadounidense encuentra en la calma, la vulnerabilidad y el compromiso un territorio igual de complejo desde el que escribir canciones. Su nueva colección de diez temas no habla tanto del momento de enamorarse como del aprendizaje que supone quedarse, confiar y aceptar la incertidumbre que acompaña a cualquier vínculo duradero. Y, por consiguiente, también de la esperanza.
El disco llega en un momento especialmente significativo de su carrera. Tras el reconocimiento obtenido con 'Calico' en 2023, y el Grammy recibido por su participación como compositor en 'Cowboy Carter' de Beyoncé en 2025, Beatty continúa profundizando en la senda acústica iniciada hace tres años. Junto a Ethan Gruska, productor habitual de Phoebe Bridgers, construye un paisaje sonoro donde el folk contemporáneo, el country, el pop de autor y la tradición del cancionero norteamericano conviven con sorprendente y armoniosa naturalidad. La producción nunca busca imponerse. En cada arreglo se sostienen unas composiciones donde la emoción reside en los pequeños detalles y en la cercanía de la interpretación, y donde Beatty oscila entre el crooner contenido y el canto desgarrado que su deseo le pide desde sus adentros.
La elección de 'Secret Language' como carta de presentación resume el núcleo conceptual del álbum. Beatty parte de una idea tan sencilla como poderosa: existen sentimientos que el lenguaje verbal nunca alcanza a expresar. «Did you hear what my words couldn't tell?» (¿Escuchaste lo que mis palabras no alcanzan a decir?) canta sobre el amor y la seducción, en esta especie de 'Polari' del country. El amor aparece aquí como un código construido a través de los gestos, la distancia compartida y la confianza. Buena parte del disco nace precisamente de una relación a kilómetros de distancia entre Los Ángeles y Boston, una circunstancia que convierte los trayectos, las esperas o las llamadas en elementos narrativos capaces de adquirir un enorme peso emocional.
Ese interés por las pequeñas escenas cotidianas diferencia la escritura de Beatty dentro del pop actual. Canciones como 'Too Many Ways' encuentran belleza en la contemplación de un vuelo, en un invierno compartido o en la certeza de que alguien espera al otro lado del país. La intimidad aparece escondida en recuerdos aparentemente insignificantes que terminan funcionando como símbolos de deseo y pertenencia. Esa economía narrativa convierte cada imagen en un espacio donde el oyente completa la historia desde su propia experiencia.
La colaboración de Clairo, otra figura generacional que expande el género folk en sus recientes trabajos está presente en varias canciones como una voz casi fantasmagórica, amplía esa sensación de refugio emocional. Sus armonías se funden con las de Beatty aportando una textura cálida que atraviesa composiciones como 'Sweet Fortune' o 'Too Many Ways'. El resultado transmite una serenidad poco habitual en un panorama donde la intensidad suele confundirse con el exceso de producción.
El álbum también introduce una espiritualidad especialmente interesante. Beatty recupera símbolos religiosos para hablar menos de fe que de reconciliación con uno mismo. La culpa, la vergüenza heredada y el miedo a entregarse aparecen de forma recurrente en canciones como 'White Lightning', una de las mejores y más bonitas del disco, donde el imaginario cristiano deja de funcionar como una estructura moral para convertirse en un lenguaje capaz de explicar las contradicciones internas del artista. «It's my religious shame...», canta emocionado, tocando sutilmente la imposibilidad de la culpa religiosa y la experiencia queer. Esa dimensión aporta profundidad a un disco que nunca limita su discurso al romance a lo establecido.
Musicalmente, 'Sweet Fortune' encuentra su mayor virtud en la contención. Las cuerdas, los metales, el piano o las guitarras acústicas aparecen con una sutileza casi cinematográfica, alejándose de cualquier tentación grandilocuente. Incluso en momentos como 'Virtuoso' o 'Delancey', donde asoman el country clásico o el jazz nocturno, Beatty mantiene intacta una identidad sonora basada en la transparencia. La producción parece respirar junto a las canciones, permitiendo que la voz ocupe siempre el centro del relato, donde aparece la valentía de empujarse a sí mismo hacia delante, sintiendo el miedo a la par que la certeza de que el deseo es una prueba inevitable cuando responde a lo identitario. En 'Virtuoso' habla de libertad, dentro del compromiso;«Trying to hold me down is like holding on to rain» (Intentar detenerme es como intentar parar un tren). O con expresiones poéticas que nos recuerdan a diálogos dignos de las novelas de Tom Spanbauer, quien probablemente disfrutaría mucho con la música de Beatty. «You're the last thing I've left to lose» (eres lo último que me queda por perder) canta en Dust, afectando la vulnerabilidad de amar cuando ya no existen barreras.
El recorrido concluye con 'Fleur De Lis', probablemente la mejor síntesis del álbum. Beatty abandona definitivamente la lógica del miedo para abrazar una idea mucho más fértil: cuidar aquello que merece permanecer. La imagen de sembrar flores en la tierra donde antes existía incertidumbre funciona como metáfora del crecimiento personal que atraviesa todo el disco, y que evoca la obra poética de Walt Whitman.
Frente a la obsesión contemporánea por narrar el colapso emocional, Sweet Fortune propone una alternativa menos habitual. Ryan Beatty demuestra que permanecer también exige valentía. Amar cuando la euforia inicial desaparece continúa siendo uno de los ejercicios más complejos de la experiencia humana. En esa aparente sencillez reside la verdadera fortuna de un disco elegante, profundamente humano y construido desde la convicción de que las emociones más silenciosas también merecen ocupar el primer plano. El amor, además, aparece a lo largo del disco como un elemento en forma de destino en el que las casualidades no existen, o desean no existir, para intentar encontrar sentido. En 'Sweet Fortune' -la canción- canta «Let it all reveal what I always feel.» (Deja que todo refleje lo que siento).
Durante décadas, el country ha funcionado como la banda sonora de una determinada idea de Estados Unidos: rural, blanca, religiosa y profundamente masculina. En los últimos años ese imaginario ha comenzado a reescribirse gracias a artistas como Kacey Musgraves, Brandi Carlile o la propia Beyoncé con 'Cowboy Carter', dando forma a lo que parte de la crítica ha denominado 'queering country music': una reapropiación de un género históricamente conservador desde experiencias feministas y LGTBIQ+. Ryan Beatty participa de ese mismo movimiento desde un lugar muy íntimo. 'Sweet Fortune' convierte el folk y el country en un lenguaje donde el amor queer deja de definirse por el conflicto o la imposibilidad y pasa a construirse desde la cotidianeidad, el cuidado y la permanencia. En cierto modo, Beatty imagina un futuro donde las relaciones queer simplemente existen y florecen. Una idea que dialoga con las temporalidades alternativas descritas por J. Jack Halberstam en 'In a Queer Time and Place: Transgender Bodies, Subcultural Lives' (NYU Press, 2005). Halberstam no defiende que las personas queer deban evitar el compromiso; lo que plantea es que históricamente sus vidas han generado temporalidades distintas a las normativas. Lo interesante en Beatty es precisamente que reivindica el compromiso sin regresar al modelo heteronormativo. Esa tensión es mucho más rica y realista que «hacer lo contrario».
«There's a lot of moments in this record where it's not dressed up.» («Hay muchos momentos en este disco que no están disfrazados».) relataba el artista en una entrevista reciente con Zane Lowe, que hace referencia a la sencillez en la producción -característica de la expresión más tradicional del género folk americano- pero también a desnudarse de esa masculinidad normativa, de la misma forma que lo han hecho anteriormente artistas como Lil Nas X u Orville Peck. «Out of breath, on all fours. Felt good in the moment, nothing more. Water for chamomile, clothes on the floor. Feels like I've been here or met you before, no?» (Sin aliento, a cuatro patas. Me sentí bien en ese momento, nada más. Agua para la manzanilla, la ropa tirada por el suelo. Me parece que ya he estado aquí o que te he visto antes, ¿no?), canta Ryan en 'Delancey', casi como si fuese una escena de MacArthur Park (Alpha Decay, 2018), la novela de Andrew Durbin. Es en este tema donde encontramos la que es posiblemente la manifestación más interesante y explícita de este relato, en el que Ryan Beatty no solo ha crecido y se ha hecho mayor. El artista ha articulado el dolor atravesado en discos anteriores y ahora propone, sin abandonar esas experiencias, dejarse llevar por su deseo, o su naturaleza y cultura; con gestos aparentemente clásicos que destronan la heteronormatividad de un género tan complejo como el country, en un gesto de elegancia absoluta, con el deseo y la esperanza a su favor, y una colección de canciones formidables.