Manuel Antonio Domínguez: el hilo rosa de 'La bola negra'
El artista ha sido el encargado de intervenir las fotos de la cartelería que promocionan la película, así como elaborar los créditos de arranque
Javier Díaz-Guardiola
«Pasad. Estáis en vuestra casa». Son las nueve y media de la mañana de un día entre semana en Madrid. La estancia huele a café recién hecho y quien nos recibe es un Manuel Antonio Domínguez que ultima las cosas antes de viajar a Villablanca, en Huelva, su pueblo de toda la vida. Quizás su nombre no les suene, pero su trabajo no les ha pasado desaparecido estos días. Está por todos lados: en la prensa, en el metro, en las marquesinas de los autobuses. Él forma parte del fenómeno en el que se ha convertido 'La bola negra', la película de Javier Calvo y Javier Ambrossi, porque, desde la parte creativa, a él le ha tocado intervenir las fotos de la cartelería que promocionan la película, así como elaborar los créditos de arranque.
Son esas masas de pintura rosa y esos símbolos tan propios (flechas, cordeles...) que atraviesan los cuerpos de Guitarricadelafuente, de Miguel Bernardeu, de Penélope Cruz o los personajes anónimos de las fotografías de época extraidas de archivos como el histórico de ABC.
«Todo se ha gestado ahí, en esa habitación. En esa mesita», nos señala. «Y de forma muy curiosa». Como relata Manuel, hay cosas que funcionan por continuidad, y esto es lo que ha pasado con él. «En este recorrido de 30 años de trabajo he generado muchas conexiones, no solamente con artistas. Así que cuando llega un proyecto como 'La bola negra' para el que se demanda un perfil concreto que hable sobre revisionismo, sobre dar visibilidad a lo solapado, empieza a sobresalir un perfil como el mío». La agencia SOPA de creatividad, estudio con el que el artista ya había colaborado, no dudó en pensar en él cuando les entró el encargo. «Para mí es una cosa bonita y una especie de reconocimiento a la labor realizada hasta ahora -agrega-; una continuidad, pues llevo muchos años hablando sobre el rosa».
Efectivamente, lo de Manuel Antonio Domínguez con el color rosa viene de lejos. Era el nombre de su abuela materna, y la base de un juego de palabras fácil para que algunos en su infancia se refirieran a su homosexualidad (él era «Manolito, el de Rosa»). Un elemento que se transformó en sus primeras obras en un cordel de esa tonalidad que mostraba opresiones o que oprimía. Así, cuando aprendió a darle la vuelta, cuando lo resignificó, se convirtió en emblema de su trabajo. Ahora, hasta cuenta con un traje de vestir de ese tono («lo tengo descansando en el armario. Ironías de la vida», bromea). Hoy lo rememora en un contexto teñido de verde, entre las múltiples plantas que adornan el salón de su vivienda. «Hace unos años, hubo un proyecto que a mí me marcó mucho que fue el que realicé siendo becado por Guash Coranty en el que revisaba un álbum de fotos encontrado, olvidado en el Rastro y de una misma persona, que en la última página y ya en una imagen en color reflejaba la foto del beso de dos hombres. Me dediqué entonces a pintar en rosa todas las páginas, haciendo una puntualización de esa persona en esa historia, subrayando su presencia. Un recorrido similar es el que he hecho ahora para las imágenes de 'La bola negra', señalando, revisionando y destacando toda una historia solapada por otra sirviéndome para ello del rosa».
Este ha sido un encargo que Manuel Antonio Domínguez ha tenido que llevar en silencio, y que se desarrolló paralelo a la organización de su última gran «exposición» pública: la celebración de su muestra «Colección de insultos» en Garage Bonilla: «Precisamente los directores de la película, a los que ya conocía con anterioridad, se pasaron a verla, pero no coincidimos por agendas. Para este proyecto, tampoco lo hemos hecho. Pero cuando se inauguró esa exposición en Madrid en mayo, la cosa estaba ya encauzada, ya se había presentado el material, y por eso pude empezar a hablar de ello con la boca pequeña». De hecho, el creador andaluz confiesa que, por desarrollarse en paralelo, ambas propuestas ya ofrecían puntos de encuentro: «En 'Manual de insultos' se fraguaban aspectos que se han desarrollado en 'La Bola Negra'. Eso hace que lo de la película no esté tan desvinculado de mi trabajo artístico. En ambas propuestas hay todo un universo que habla de revisionismo, de historias solapadas… Así que fluyó todo de manera positiva».
Considera nuestro interlocutor no haber sentido presión durante el proceso, pero sí que, por la expectación que la película ha generado, ahora vive el boom de una bomba expansiva: «Pero el antes, eso que me ha tocado vivir solo a mí, me ha provocado muchas sensaciones». La primera, entender que esto era un encargo y que obligaba a trabajar en equipo. Por otro lado, que este iba a ser un proyecto que ha estado mirado con lupa por muchos ojos. «Es un modo de trabajar muy distinto al habitual. Pero no sabría decirte si cuando estás haciéndolo en el estudio no tienes otro tipo de presión: te la juegas todo a que guste el resultado, a que lo elija la galería, que se venda… Al fin y al cabo, este es un proyecto exigente pero ya remunerado con anterioridad. Y yo no soy mitómano, pero la reacción que ha producido todo esto, en mi círculo, en el sector del arte, en las redes, es muy divertido».
"Yo espero que, primero, mi obra se conozca mucho más. Me harto de reír cuando veo un cartel de la película que me llega de China. ¿Cómo es eso posible? Ese tipo de encuentros marcianos"
Manuel Antonio Domínguez
Manuel Antonio habla de «auténticas situaciones rocambolescas»: «Hay personas que conocen el trabajo pero que no sabían de mi participación en la película. Y me han escrito porque creían que me habían copiado: 'He visto la película y hay uno que lo hace igual, igual que tú'. Eso me hace mucha gracia. Otros que han metido mi nombre en la IA para preguntarles sobre el asunto y que contradecían a la IA porque no se creían que yo estuviera en la película. He recibido muchas muestras de cariño, un montón de gente que me dice que está orgullosa de lo que he alcanzado. Esta es una película marica, hecha por maricas en la que se va directamente al corazón marica. Y eso me parece tremendamente maravilloso porque habla desde lo marica para todos, no se cierra en sí misma y está permitiendo que personas muy diversas hayan apadrinado una historia LGTBi, que su público objetivo se haya visto finalmente representado en todos sus nichos, porque todos los perfiles de la cinta dan cabida al colectivo. Y todo ese engranaje de revisionismo se está tratando desde un ámbito como el de la Guerra Civil española, mientras hablas de la desorientación a la que da pie toda guerra, que no sabes ni cómo has caído en un bando, y se conecta con la desorientación en la que nos encontramos hoy por muchas razones. No es esta una película más de la guerra civil».
El boom llegó el fin de semana pasado, el del estreno en España. Hoy charlamos con Manuel Antonio ante un ramo de tulipanes rosas que un admirador le quiso regalar ayer. «La gente va a pensar que soy antipático pero es que no he podido contestar todo lo que me ha llegado. Trescientos mensajes fácilmente solo por IG. Algunos preciosos. Amigos que en esta carrera de fondo que es el arte han tirado por otras vías y que reaparecen. A mí el rosa me ha acompañado siempre. Y ahora al azul de Yves Klein le planta cara el «rosa de Manuel». Para muchos es una gran incógnita cómo he llegado hasta aquí, con los Javis, gente que me dice que todavía me ve en mi pueblo, en mi patio… Hay toda una red de la que formamos parte sin saber de qué manera y de repente la mía se ha activado. Es apabullante»
-Entiendo que aún estás digiriéndolo todo.
-Ha pasado solo una semana pero como Madrid sea posiblemente uno de los ejes fundamentales de difusión a nivel de cartelería, voy a comprar el periódico y me encuentro a mí mismo en ella; voy a coger el metro y me topo con la cartelería; voy en coche y la veo en la carretera… Todo el mundo está con este tema, los que expresan la necesidad de contar lo que les ha parecido y los que desean encontrar tickets ya. Y escucho matices a los que yo tal vez no llegaba. Eso es muy curioso. Además como la presentación se produce en distintos tiempos, Cannes, ahora España, en breve EE.UU., cada uno va generando su propia dinámica. Todo eso levanta de nuevo la atención sobre mi producción.
-¿Qué felicitación confesable es la que más te ha sorprendido?
-Pues ha habido perfiles, sobre todo del mundo del arte, que hasta ahora no me habían hablado y que resulta que me conocían. Gente que reconoce que el mundo de 'los Javis' y el mío han conectado bien. Yo soy una pieza pequeña dentro de un engranaje inmenso, lo que pasa es que estoy en un escenario envidiable de mucha visibilidad. Imagínate la ilusión que me hace la felicitación de personas que me han estado apoyando desde tantísimo tiempo, los que han permanecido. Y hablando desde la obra de una temática arisca para muchas personas, para muchas plataformas y para muchos entornos. Lo de la masculinidad pone a muchos a la defensiva.
Le pregunto al artista si a él le han sacado muchas bolas negras en la vida. Responde con optimismo: «Quiero pensar que no. Pero cuando uno mira con perspectiva, sí que ve que estas empiezan a aparecer. A todos nos pasa. Aunque siempre he sentido que he tenido el arrope perfecto y me he situado en el lugar perfecto. Como hijo, uno no es consciente de cuántas bolas negras paran sus padres, sus hermanos, su familia. Pero eso está ahí. Las bolas negras están. A veces puedes esquivarlas, o ves como le pega al de al lado el golpe antes que a ti. Y la onda expansiva te afecta». Me habla Manuel de que «tiene que haber bolas negras para poner en valor las blancas». O de cuántas veces no habrá sentido «ironía hiriente en algunas palabras» que le han golpeado de lleno. «Y en el mundo artístico más, cuando pensamos que los ámbitos culturales son más abiertos y tolerantes. Eso está ahí. A mí me han echado muchas obras para atrás, en festivales, en exposiciones, porque tocaba ciertos temas político-sociales que no interesaban. Eso era una bola negra como un camión de grande».
El pintor ya maduro que es Manuel Antonio Domínguez no podrá olvidar la primera vez que vio su trabajo en la gran pantalla, en un pase espacial para prensa. «Desde el estudio de creación me iban pidiendo sugerencias, así que no perdí de todo el control, por ejemplo, de la cartelería. Pero cuando hacen ese visionado y me invitan, yo me coloco en la última fila, callado, y sale esa imagen de Sebastián sobre ese San Sebastián, con toda la iconografía que se ha ido creando, y empiezan a aparecer los créditos… ¡Imagínate! Yo soy de formato pequeño. ¡Trabajar en escalas pequeñas que luego ves redimensionadas es apabullante! Y estás además percibiendo el feedback que se está produciendo al instante. De llorar». Lo primero en lo que Domínguez pensó fue en los suyos: «¡Madre mía, cuando esto lo vean mis amigos, mi familia! ¿Cómo van a reaccionar ellos?».
Ahí fue cuando se dio cuenta de ser partícipe de un proyecto enorme. Él volvió hace unos días al cine -no pudo resistirlo- como espectador anónimo. «Y la gente llora un montón. Muchísimo. Y vas viendo como se suceden los perfiles: los más jóvenes y LGTBi en los primeros pases, más maduros después… He visto familias. Eso es maravilloso. Muchas chicas. El público se está entregando a la película. Y la llamada al llanto me parce muy curiosa y necesaria. Entrar con el deseo de llorar y proponerte dejarte llevar. Empatizas de una manera muy bonita. Gente de mi pueblo que se desplace al de al lado para ver la propuesta me parece un regalazo».
-Es pronto, pero ¿hay reacción en el ámbito artístico?
-Creo que todo esto está teniendo poco a poco sus consecuencias. Muchos se están preguntando cómo ha llegado este muchacho hasta aquí. Reconozco que el sector está súper contento por mí. Y empiezan a aparecer colaboraciones. En 2027 voy a ARCO con la galería Ángeles Baños, pero eso ya estaba programado. Este ha sido un año brutal para mí y antes de que pasara todo esto estaba deseando que 2027 fuera un poco más relajado. Pero le va a alcanzar la resaca. Digamos que está todo funcionando de manera vitamínica, eso me ayuda a ser valiente con todo aquello que me podía sentir más inseguro de realizar. La intervención pictórica, el pequeño formato, han necesitado que pase algo como esto para que se ubiquen en un círculo de responsabilidades, de seriedad, para dotarles de valor. Mi labor con acuarela, con collage, ya estaba bien aceptada, pero la intervención pictórica se está posicionando.
-¿Qué esperas de todo esto?
-Sentirse que conectas con algo es una cosa maravillosa. Eso lo está generando este trabajo. Yo espero que, primero, mi obra se conozca mucho más. Me harto de reír cuando veo un cartel de la película que me llega de China. ¿Cómo es eso posible? Ese tipo de encuentros marcianos. Ahora que nos invade una situación tal loca con la IA, reivindicar la pintura es básico. Hay que contar con productores pictóricos y cartelistas para desarrollar proyectos genuinos interesantes y no homogéneos.
-Por cierto, ¿qué te ha dicho Penélope Cruz?
-¿Cuál es mi cámara? Penélope: solo puedo decir si me estás leyendo, que cuando tú te veas saeteada en los carteles, he sido yo el que te ha puesto esas flechas tan preciosas. ¡Pero es que sale espectacular esta muchacha! Yo no soy muy mitómano, pero si hay una persona por la que rompería todos los protocolos por acercarme sería Penélope. Además que sé que es una persona con la que yo me «jartaría» de reír. Para mí, relacionarme con ella en un cartel ya es un regalo.