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Marcos Augusto, autor de 'Te hice Dios'.

Marcos Augusto, escritor

«'Indetectable igual a intransmisible' es una idea útil, pero insuficiente para hablar del VIH»

El autor mallorquín debuta en la novela con 'Te hice dios', una historia de amor ambientada en la comunidad 'bugchaser'

Para Marcos Augusto, es una suerte que el lanzamiento de su primera novela haya coincidido en el tiempo con la exposición de Félix González-Torres que programa el Museo Reina Sofía. Periodista, político y poeta (aunque no siempre en ese orden), el autor mallorquín presenta su primera novela, 'Te hice dios': una historia de amor entre dos hombres que se conocen en una aplicación de sexo. Uno de ellos busca contraer VIH y el otro promete dárselo.

«Este libro es mi forma de intentar poner en palabras sus piezas de caramelos. Quería reflexionar sobre la enfermedad a partir de la idea del cuerpo que mengua, que va desapareciendo», dice de la obra del artista cubano. Tras publicar tres poemarios, esta es la primera incursión de Augusto en la narrativa, donde ha decidido mantener el tono lírico de sus anteriores trabajos. Hablamos con él de vampiros, PrEP y ultraderecha.

¿Cómo nace 'Te hice dios'?

Quería contar una historia que me permitiera cuestionar las derivas del activismo sobre el VIH. Hace años teníamos al movimiento 'Act Up' tirando sangre contra las farmacéuticas, diciéndoles que estaban cometiendo un genocidio, y ahora parece que todo el discurso sobre el virus pasa por decir que una persona indetectable no puede transmitirlo.

¿Crees que hablar de 'indetectable=intransmisible' es reduccionista?

Entiendo que, como proclama, ayuda a evitar el estigma contra las personas seropositivas. ¿Pero qué pasa con quienes sí son detectables y transmisibles? ¿Y los migrantes que no tienen acceso a la medicación? ¿Acaso esas personas no merecen también ser sujetos del activismo por el VIH? Indetectable igual a intransmisible es una idea útil, pero insuficiente.

Hablando de proclamas, una corriente del activismo LGTBI también considera insuficiente el mensaje de 'love is love'. ¿Qué opinas tú?

El 'love is love' se ha vuelto peligroso porque ya hay una parte de la extrema derecha que está asimilando ese mensaje para intentar captar nuestro voto, con la excusa de que podemos hacer lo que queramos siempre que sea en privado. Decir que tenemos derecho a amar está muy bien, pero lo que hay que defender es el derecho a construirnos libremente. Y una parte importante de nuestra construcción social, claro está, la define el género de la persona con la que nos acostamos.

En esta historia te adentras en el mundo de los 'bugchasers', personas que buscan contraer el VIH. ¿Qué te atrajo de esa idea?

Lo que más me atraía era explorar el deseo de mis protagonistas. Quería plantear la cuestión de qué es lo que realmente deseamos cuando creemos que deseamos algo, qué límites éticos hay en el deseo, y qué consecuencias hay en su cumplimiento.

Ese deseo se presenta a través de un lenguaje sin tapujos: te refieres al sexo sin protección como 'preñadas', hablas del VIH como 'el bicho'... ¿Por qué era importante para ti plasmar esta historia en esos términos?

Creo que, entre los 'bugchasers', el lenguaje ayuda a construir los anhelos y los deseos que dan forma a la comunidad. Por ejemplo, para ellos es muy importante la figura del hacedor, casi como si se tratara de un vampiro. Solo a través de ese uso del lenguaje podía explicar bien la historia de los protagonistas. Habrá quien solo vea en el libro una historia sórdida, pero detrás tiene una serie de subtemas universales como la muerte, el amor y, sobre todo, la mentira.

Activismo LGTBI

«El 'love is love' se ha vuelto peligroso porque ya hay una parte de la extrema derecha que está asimilando ese mensaje para intentar captar nuestro voto»

Marcos Augusto

Escritor

Es cierto que la mentira juega un papel fundamental en el desarrollo de esta historia. ¿Qué te interesaba de ella?

Me apetecía explorar las complejidades éticas de la mentira, lo banal que puede parecer en un principio y las consecuencias indeseadas que trae. ¿Hasta qué punto está justificado mentir cuando una mentira pequeña y sin importancia puede crear una bola mucho más grande que cambie la vida de una persona? En ese sentido me marcó mucho el 'De Profundis' de Oscar Wilde, donde hacía un recuento de todas esas pequeñas mentiras que, sumadas las unas a las otras, constituían una gran mentira demoledora por la que terminaron encarcelándole.

Además de a Wilde, reconoces a Susan Sontag y Joan Didion como dos referentes a la hora de escribir esta historia. ¿Cómo te ayudaron sus trabajos a narrar la enfermedad y la pérdida?

Sontag decía que todos estamos obligados a llevar un doble pasaporte, el del sano y el del enfermo, porque si tenemos una certeza en la vida es que nos va a tocar alternar entre ambos. De Didion me interesaba su idea del pensamiento mágico: confiamos plenamente en la ciencia pero ponemos esperanza en rituales para convencernos de que las cosas van a salir bien, ya sea despertarnos a una cierta hora, tomarnos las pastillas en un orden determinado o escribir todos los exámenes con un mismo boli.

Hablas de cómo el 'Diario de un ladrón' de Genet te ayudó a pensar en una homosexualidad no asimilacionista. En un panorama mediático donde triunfan romances normativos como 'Heartstoppers' o 'Más que rivales', ¿te daba miedo escribir una historia que, por su temática, pudiera recibirse con rechazo?

Un poco sí, pero a la vez me parecía algo necesario. Estoy harto de que solo podamos narrar nuestras vidas a través de una visión que resulte cómoda para el público heterosexual. Creo que con la literatura queer de masas ocurre un poco como con el activismo LGTBI en España. Ambos empezaron como movimientos totalmente contraculturales que, con el tiempo, transformaron su lucha hacia una deriva más asimilacionista. Y no quiero decir con esto que el asimilacionismo esté mal, pero creo que hace falta mirar más allá.

Portada de 'Te hice Dios'.
Portada de 'Te hice Dios'.

Escribes: «El virus estaba siempre ahí, para lo bueno y para lo malo. Ser homosexual era vivir con la sospecha de la posibilidad de una enfermedad que no solo les incumbía a los portadores; todos éramos sospechosos de esa sombra, de ese misterio. El condón fue un recordatorio, durante mi adolescencia y juventud, de su presencia incómoda». Como colectivo, ¿sigue marcando el miedo al VIH nuestro acercamiento al sexo?

Desde luego que si usamos condón o tomamos PrEP es porque seguimos teniendo miedo al VIH, pero nos hemos equivocado al pensar que el virus afecta solo a unos pocos. Gustavo Pecoraro, que es uno de los grandes activistas sobre el VIH en España, tiene un libro maravilloso llamado 'Alguien tiene que serlo' en el que habla del virus en primera persona pero, sobre todo, habla de que el VIH es cosa de todos. Es algo que afecta tanto a positivos como a negativos. Ocurre lo mismo que con el COVID: lo hayas vivido en primera persona o no, todos estamos atravesados por una vivencia común que afecta a nuestras prácticas, nuestros afectos y nuestros miedos.

¿Crees que ese miedo ha desaparecido entre las generaciones más jóvenes, aquellas que no vivieron los años álgidos de la epidemia?

Creo que hoy en día conviven generaciones con vivencias muy diferentes del virus. Hay personas jóvenes que han crecido pensando en el VIH como algo cronificado, que ya no mata y por lo tanto no tiene mayor importancia. A la vez, hay personas más mayores que todavía recuerdan a aquellos enfermos terminales que morían sin acceso posible a ninguna medicación, y que seguramente se acerquen a la enfermedad con más respeto e incluso miedo. 40 años de historia del virus dan para muchas vivencias distintas.

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