Publicidad Noticia Top

‘America’s Next Top Model’: el sádico programa que inspiró Drag Race

La miniserie documental 'La cruda realidad dentro de 'America’s Next Top Model'' aterriza en Netflix para lanzarnos una pregunta: ¿Cómo la sociedad pudo permitir que, durante 24 temporadas, se humillase a centenares de chicas posadolescentes en prime time?

Inbox Juan Naranjo
Cartel promocional de la serie documental. Netflix
Inbox Juan Naranjo

Quienes tenemos la edad suficiente como para recordarlo, sabemos que RuPaul colocó la primera piedra de su imperio televisivo internacional partiendo de un sueño, un garaje vacío en el que rodar la primera temporada de ‘Drag Race’, un puñado de concursantes ingenuas que no sabían muy bien dónde se metían y un par de cámaras prehistóricas que grababan como si tuviesen la lente untada en vaselina. Pero… ¿de dónde nació ese sueño de enfrentar a varias aspirantes a pruebas eliminatorias que mostrasen su talento y sus ganas de llevarse la corona del título inventado de ‘America’s next drag superstar’?

Cuando ‘RuPaul’s drag race’ inició su andadura en 2009, aquel proyecto personal de Tyra Banks llamado ‘America’s Netx Top Model’ (ANTM) estaba en su máximo apogeo. La idea con la que surgió el ‘talent show’ de RuPaul era un calco de la que había llevado a la existencia del programa de Banks: ¿y si, aprovechando el tirón de la telerrealidad y viendo que nuestras carreras están de capa caída… creamos una competición en la que poder transmitir nuestros conocimientos del mundillo y, de camino, nos reinventamos profesionalmente?

Con cierto desdén (diría que incluso rencor), en una entrevista de 2016 con Andy Cohen, Tyra se quejaba de que Rupaul nunca la había invitado a ser jueza del programa a pesar de que «Drag Race es una parodia de ANTM». Y, más allá de la pelusilla que le podía despertar el hecho de que, en esos años, el programa de modelos estuviese en sus últimos estertores mientras que el de drag queens se encontraba en su época dorada, Tyra tenía razón en algo: ‘Drag Race’ nació como una parodia de la idea que la hizo millonaria y que, durante unos años, la convirtió en uno de los rostros más populares de la pequeña pantalla.

Y Rupaul nunca lo negó: de hecho, especialmente en las tres primeras temporadas, cuando el programa era mucho más minoritario y gamberro, el hecho de que era una parodia de ANTM no solo no se ocultaba sino que era uno de los motores del mismo. Con mucha sorna y algo de mala baba, RuPaul replicó la estructura del programa de Tyra Banks (añadiendo algunos elementos propios de ‘Project runway’, como el taller de trabajo) y no solo eso, también replicó algunas de las frases más famosas de la modelo, la estructura de su mesa de jueces y hasta temáticas de muchos episodios. Y no pasaba nada. Por entonces, el proyecto de RuPaul era algo marginal y nadie, ni siquiera su creadora, podría imaginar que se acabaría convirtiendo en una auténtica industria internacional.

Sin embargo, lo que inició siendo una parodia muy pronto superó, en todos los aspectos, al programa original. Con dos temporadas al año y unas premisas cada vez más descabelladas, el programa de Tyra Banks fue perdiendo impacto social hasta caer en la irrelevancia y, por fin, desaparecer. Quienes fuimos testigos de aquel ‘talent’ recordamos que era muy extremo y que, sin duda, su ética solía brillar por su ausencia. Pero su visionado estaba inserto en un contexto televisivo en el que las barbaridades campaban a sus anchas y en el que parecía no existir ninguna línea que los productores no pudiesen traspasar en pos de conseguir audiencia, por lo que el público se tragaba de forma pasiva una serie de cosas que, vistas con los ojos de hoy, eran intolerables. Pero entonces llegó la Generación Z, se puso a revisar aquella fuente de memes inmortales que fue ANTM y… empezó a preguntarse: ¿cómo era posible que vieseis estas barbaridades en televisión sin que nadie dijese que aquello no era correcto?

Imagen destacada

Tyra Banks en el documental. Netflix

La nueva miniserie de Netflix ‘La cruda realidad dentro de America’s Next Top Model’ (tres episodios de una hora) hace este ejercicio: el de revisitar aquel programa que marcó a toda una generación de jóvenes estadounidenses poniéndonos ante el espejo de lo que, durante una ventana de tiempo muy breve, se pudo hacer en televisión. El documental conecta con este nuevo interés de replantearnos cómo era la sociedad en el cambio de milenio: y, como cada vez que los veinteañeros examinan lo que hacíamos a su edad quienes hoy tenemos más de cuarenta, suspendemos el examen (y no con un cuatro sino con un cero).

En aquel programa, un grupo de posadolescentes pobres, habitualmente sin estudios, aisladas en un hotel y ajenas a la industria audiovisual hacían lo que fuese necesario (insisto, lo que fuese necesario) para ser famosas. Visto con los ojos de 2026, es imposible no tener claro que aquello no era simplemente entretenimiento, que en realidad consistía en un ejercicio de sadismo televisivo en el que se veían cosas que hoy nos parecen impensables. Estamos hablando de primeros planos de chicas de entre 18 y 20 años haciéndose la cera brasileña, de visitas de médiums que interpelaban a muchachas huérfanas hablándoles de sus padres muertos hasta hacerlas llorar, de comentarios de unos jueces que les duplicaban la edad diciéndoles cosas como «¡Parece que tienes pene!» o «¡Tienes cara de prostituta infantil!». Todo ello se llevaba a cabo en una época en la que las supermodelos aún tenían relevancia en la sociedad y, por lo tanto, aquellas chicas cedían a todo por las promesas de una Tyra Banks que, a modo de madre superiora y consejera, les dejaba entrever que, si cedían, podrían llegar a ser tan ricas y exitosas como ella.

De hecho, lo más espeluznante de esta serie es la propia presencia de Tyra Banks rememorando, a su manera, todo lo acontecido en aquellos años. Resulta extremadamente llamativo que se preste a participar en una serie documental que, casi literalmente, la retrata como un monstruo. Sin duda, su interés a la hora de participar en esta producción era el de limpiar su imagen, lavarse las manos y reivindicar su legado… pero, desde luego, no lo consigue.

Porque Tyra intenta reconducir las preguntas para insistir en que su principal interés era aportar diversidad étnica a la industria de la moda, pero esas afirmaciones se contraponen a sus comentarios sobre el aspecto ceniciento de la piel de una concursante negra y al testimonio de cómo eso le dejó verdaderas secuelas a la chica o sobre cómo, en varias temporadas, hubo un reto principal en el que pintaban a las modelos como si fuesen negras, chinas o nativas americanas; porque su afirmación de que quería que hubiese mayor variedad de cuerpos y de siluetas en su gremio contrasta con cómo sus compañeras de jurado llamaban «gordas» a chicas con la talla 38 o cómo aprovechan los trastornos alimentarios de una concursante para que una semana tuviese que encarnar el pecado de la gula y, a la siguiente, personificar un elefante en la sabana; porque su defensa de lo que el programa hizo por la diversidad afectivo-sexual en la televisión de la época choca con el corte en el que asistimos atónitos a cómo se saca a una chica lesbiana del armario contra su voluntad o a cómo el programa trata a los dos jurados gays como verdaderos bichos raros.

Imagen destacada

Concursantes del primer ciclo del programa. Netflix

Y lo más alucinante de todo es que Tyra «pide perdón» por algunas de las cosas, pero en ningún momento asume la responsabilidad de nada de lo que pasó en el programa que ella creó y produjo durante años. «Era otra época», repite incesantemente mientras vemos cómo a la aspirante a modelo hija de una mujer tetrapléjica por culpa de un asalto con arma de fuego la obligan a protagonizar una sesión de fotos en la que tiene que posar como si le hubiesen pegado un tiro en la cabeza. «La audiencia quería más y más y más, nos lo pedíais vosotros» dice a modo de excusa mientras contemplamos atónitos cómo amenaza a una chica diciéndole que o deja que un dentista le cierre las paletas en directo o la expulsa del programa, mientras permite que a una muchacha le saquen, en plano detalle, todos los dientes delanteros en una intervención grotesca que dura toda una noche; «Yo ya he pedido perdón, estaba entre la espada y la pared, vivía en mi burbuja» dice mientras presenciamos docenas de desmayos de posadolescentes que trabajaban demasiadas horas y apenas comían, que tenían constantes ataques de ansiedad debidamente registrados, que llegaban a sufrir hipotermias por las duras condiciones de las sesiones de fotos.

Tyra Banks falla estrepitosamente a la hora de intentar convertir un desfile de los horrores en su propia hagiografía. Es completamente imposible aceptar la defensa de su inocencia mientras vemos cómo ella era la instigadora de muchas de esas situaciones, mientras vemos cómo su productor asegura que «cuanto mayor es el desastre, mejor es el resultado televisivo». Y desastres hubo muchos, y algunos de ellos con consecuencias legales.

Las vidas de algunas de las chicas quedaron marcadas para siempre. En un caso espeluznantemente parecido al de Carlota Prado, vemos cómo, durante la fase final de una temporada, en la Semana de la Moda de Milán, las chicas invitan a una fiesta en el apartamento a los modelos italianos con los que esa mañana habían hecho una sesión en Vespa por la ciudad. Estas jóvenes, que apenas tenían la edad legal estadounidense para beber, acabaron completamente borrachas delante de varias cámaras y una de ellas, la favorita de esa temporada, acabó, casi inconsciente, siendo violada por uno de los modelos. No solo quedó todo registrado en vídeo, no solo se emitió en directo «todo lo que podía mostrarse en horario familiar», sino que, además, en una reunión posterior se obligó a que la víctima volviese a revivir aquello contemplando la escena, a pesar de que la chica dejó claro que ni había podido ver aquellas traumáticas imágenes ni quería verlas.

El impacto en toda una generación de chicas no solo afectó a las concursantes, también a las televidentes. No es que ANTM estuviese poco sensibilizada con los trastornos alimentarios, es que los glorificaba. En una época en la que aún se observaban los estragos del ‘heroin chic’, este programa extremadamente popular entre las adolescentes estadounidenses ayudó a propagar la obsesión por la delgadez. Si a unas modelos con la talla 36 les decían que estaban gordas, que metiesen tripa, que dejasen de picar entre horas… ¿cómo podrían sentirse las adolescentes con cuerpos ordinarios y cambiantes? «Sobrevivíamos a base de cigarrillos y Coca-Cola Light», asegura una de las chicas que participó en este espectáculo. Algunas de las mujeres que cuentan su testimonio, más que exparticipantes de un programa de televisión parecen verdaderas supervivientes al mismo.

Imagen destacada

Jay Manuel, maquillador y juez de 18 de los ciclos de este reality. Netflix

El proyecto de Tyra Banks vivió la curva ascendente y descendente de todos los fenómenos televisivos. Fue perdiendo interés con los años: las pruebas eran cada vez más absurdas, los jurados más queridos habían sido fulminantemente despedidos… Y desapareció justo cuando dejó de tener sentido: en aquel momento de mediados de la década pasada cuando las modelos dejaron de ser populares porque apareció en la sabana una nueva especie exótica que las desplazó de su reinado mediático: las ‘influencers’. De un día para otro, ya nadie necesitaba que un ‘talent show’ vendiese sus vergüenzas: todos empezamos a venderlas (o, aún peor, a regalarlas) desde nuestro ordenador. En un mundo en el que cualquiera podía hacerse famoso, colaborar con una marca, convertirse en una cara conocida… ya no tenía sentido aquella supuesta escuela de modelos capitaneada con mano de hierro. No es que, como sociedad, desarrollásemos una mayor ética o un concepto de la intimidad más profundo, es que ya nadie necesitaba de intermediarios para vender su vida al mejor postor.

Cuando termina el documental es imposible no preguntarse cómo Tyra se ha prestado a algo así. Puede que temiese que, si no aparecía, creyésemos que tenía algo que esconder. Quizá opinaba que alguien tenía que dar su punto de vista, que alguien tenía que defender que, aunque hiciese todo aquel mal, en realidad, en el fondo, ella tenía buenas intenciones. Y, de alguna forma, no hay duda de que todo lo que aconteció en ese programa era un producto de la época y que los televidentes contribuimos a que siguiese pasando (y fuese empeorando) con el simple acto de ser testigos de aquello. Pero también es cierto que, al menos, la modelo ha dado la cara y, a su forma y echando balones fuera, ha dado algunas explicaciones.

Al volver a presenciar aquella sarta de barbaridades que durante años nos pareció aceptable, es imposible no preguntarse: ¿Cuál será el próximo documental que nos haga ver que el mundo en el que crecimos y que tan normal nos parecía era, en realidad, un lugar terrorífico? Seguro que pronto lo averiguamos.

Imagen destacada

Cartel promocional del documental. Netflix

Publicidad Encima Newsletter