Paula Iglesias, presidenta de la FELGTBI+
«Las pseudoterapias de conversión elevan las tasas de suicidio; la LGTBIfobia es un factor de riesgo»
La presidenta de la FELGTBI+ denuncia el daño físico y psicológico de unas prácticas que, bajo una apariencia terapéutica o religiosa, buscan modificar la orientación sexual o la identidad de género
Las llamadas terapias de conversión no son una intervención psicológica legítima, sino una forma de violencia que puede dejar secuelas físicas y psicológicas duraderas. Paula Iglesias, presidenta de la Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Trans, Bisexuales, Intersexuales y más (FELGTBI+), advierte de que estas prácticas alimentan la ansiedad, la depresión y las conductas autolesivas, y subraya que el verdadero factor de riesgo no es ser una persona LGTBI+, sino el contexto de LGTBIfobia, rechazo y presión que todavía persiste en la sociedad. En esta entrevista, no habla solo como activista, sino también como psicóloga, en un contexto en el que el próximo 10 de septiembre el Senado prevé debatir y votar la proposición de ley orgánica para penalizar estas prácticas.
¿Cuáles son esas líneas rojas que diferencian una intervención psicológica científica y válida de una pseudoterapia de conversión?
Lo primero es que, cuando hablamos de terapias de conversión, no hablamos de intervenciones terapéuticas que puedan estar más o menos acertadas. Estamos hablando de lo que podríamos llamar un fraude científico, porque utilizan la ciencia psicológica para intentar camuflar una forma de violencia. Además, parten de una premisa totalmente patologizante: que la identidad, la orientación, la expresión y, en definitiva, todo lo que no sea normativo se puede corregir. Pero esto, obviamente, no tiene ninguna base ni biológica, ni psicológica ni de ningún otro tipo.
La comunidad científica se ha pronunciado internacionalmente de forma unánime: las identidades no normativas y la diversidad no son algo que se pueda curar, e intentar hacerlo genera daños. En cambio, cuando hablamos de intervenciones psicológicas que abordan la diversidad, estaríamos hablando de la psicología afirmativa, que no pretende cambiar la orientación o la identidad de nadie, sino que es un enfoque de acompañamiento y validación. El objetivo es empoderar a la persona en su identidad dentro de un contexto en el que todavía existe LGTBIfobia.
¿Qué metodología o qué discurso se suelen utilizar en estas terapias para disfrazarlas de psicología legítima?
Se utilizan mucho dos ramas. Una de ellas apela precisamente a la psicología: se presenta como una terapia para ayudarte a vivir mejor. Y entonces es especialmente cruel, porque utiliza la vulnerabilidad de una persona LGTBI+ que está en un contexto hostil y que busca una salida. Obviamente, una persona LGTBI+ que tiene un entorno que la apoya y la valida no va a buscar cambiar nada de lo que es. Se aprovechan de esa vulnerabilidad y de ese contexto, basándose en que esto es, entre comillas, una terapia psicológica que le va a ayudar a vivir mejor y que, de esa manera, le va a liberar de aquello que le está haciendo sufrir: su identidad y su orientación. Y eso es totalmente perverso.
Luego está la otra rama, que apela a la religión y se escuda en retiros religiosos. Todo se enmascara un poco bajo la idea de ayudarte a vivir mejor, ayudarte a salir del sufrimiento que estás pasando, y se pone el foco en que el sufrimiento se debe a ser quién eres, cuando ya sabemos que ser LGTBI+ no es un factor de riesgo para nada. Lo es, en cambio, el contexto de LGTBIfobia en el que todavía vivimos.
¿Qué secuelas clínicas y qué traumas físicos o emocionales suelen presentar las personas que han pasado por estas terapias?
Las secuelas son tanto físicas como psicológicas y, además, bastante crónicas. Perduran en el tiempo y pueden causar lesiones físicas y traumas de los que muchas personas tardan mucho en recuperarse. A nivel físico, siguen existiendo prescripciones como «cada vez que pienses en una persona de tu mismo género, hazte daño», y eso genera lesiones físicas. Y luego está todo lo que conlleva, a nivel psicológico, intentar cambiar algo que no se puede cambiar y luchar contra la propia identidad. Esto genera muchísima ansiedad y depresión y, en los casos más extremos, que no son pocos, ideas de autolesión, llegando a autolesionarse, planificación suicida e incluso intentos de suicidio.
¿Este tipo de prácticas también afecta a la tasa de ideación suicida de la población LGTBI?
Sí. Las tasas de intento y planificación suicida se disparan en personas que han pasado por este tipo de procesos o por estas mal llamadas terapias, que son violencia al fin y al cabo. La prescripción es «deja de ser quien eres», pero dejar de ser quien eres es imposible. Entonces, se genera una lucha interna continua que, lejos de aliviar el sufrimiento por el que acuden a tratarse, lo incrementa. Aumenta muchísimo la ansiedad, aumenta mucho la depresión y eso lleva a que no veas salida, porque la supuesta salida que te están vendiendo no se da. Y no ves otra opción cuando te están diciendo que quien tú eres está mal y que la salida es quitarte de en medio.
Desde la perspectiva jurídica, ¿por qué se considera que el consentimiento de un adulto en estas prácticas está viciado?
En lo que se escudan este tipo de prácticas de violencia es en que las personas que acceden a ellas lo hacen de forma libre. Entonces habría que cuestionar mucho qué es la libertad. Lo cierto es que, en el derecho penal, para que un consentimiento sea válido debe ser libre, informado y estar exento de vicios, como el miedo o la coacción. Y de mucho de eso se nutre este tipo de prácticas: del miedo, de la coacción, de mensajes como «si no cambias, nadie te va a querer» o «no vas a estar integrado en la sociedad». Entonces hay un vicio en ese consentimiento por las presiones, por las amenazas de expulsión del hogar y por otras circunstancias. Al final, lo que hay que entender es que legalmente está reconocido que nadie elige libremente ser torturado o modificado en su identidad. Acceder a eso se basa en un miedo, se basa en un contexto hostil y la persona no lo hace con plena libertad. Por lo tanto, se considera que está estructuralmente viciado por ese entorno LGTBIfóbico y que es deontológicamente nulo completamente.
Comentas que se anula la libertad de elección de la persona. Entonces, ¿cómo opera la presión social, la presión familiar e incluso también la religiosa?
Hay que entender que estamos en un contexto donde existe violencia estructural porque la sociedad es LGTBIfóbica. Probablemente la persona está en un contexto familiar, laboral o social LGTBIfóbico. Además, entra en este tipo de procesos en los que la figura es un supuesto terapeuta o una persona religiosa y existe una asimetría de poder. Entonces, no es un consentimiento libre: es una supervivencia desesperada. Al final, te ponen delante la firma de un consentimiento para acceder a pasar por eso, y se aprovechan de que esa persona está desesperada por salir de esa situación. El deseo de ese cambio no nace de una disonancia con lo que uno es, sino del miedo al rechazo familiar, de la violencia física, de la condena eterna, incluso en contextos religiosos. Y luego también hay que entender que, en muchos de estos casos, no es solo que la persona, mediante este consentimiento viciado, firme el acceso a estas prácticas, sino que muchas veces son tutores legales los que firman ese consentimiento para que un menor de edad acceda a ellas.
¿Y qué herramientas legales existen para proteger ese interés superior del menor frente a tutores que apoyan estas prácticas?
Aquí hay un sesgo: la patria potestad. Parece que la patria potestad prevalece frente a todo y que los progenitores tienen derecho a decidir sobre la educación, la salud, la moral... Lo cierto es que el derecho internacional y todos los marcos de derechos humanos establecen que la patria potestad tiene un límite que no se puede franquear, que es el interés superior del menor y la integridad física y psicológica. Y ahí hay una protección en lo que tiene que ver con el interés superior del menor. Pero, además, la ley que recientemente hemos aprobado declara este consentimiento de los tutores nulo e impide que los adultos puedan utilizar esta posición de poder legal para autorizar este tipo de prácticas.
Otro factor a tener en cuenta es el principio de indisponibilidad de los derechos fundamentales, ¿por qué impide que alguien renuncie legalmente a su dignidad o identidad?
La identidad de género, la orientación sexual y la expresión forman parte del libre desarrollo de la personalidad de alguien y de su dignidad. Entonces, en los sistemas democráticos de derecho como el nuestro, estos derechos fundamentales son indisponibles. Esto quiere decir que ni tú mismo puedes renunciar a ellos y mucho menos una tercera persona en tu nombre, como hablábamos de los progenitores. Nadie se puede escudar en que alguien ha firmado un consentimiento para que se le practique una tortura, porque jurídicamente nadie puede renunciar a su integridad o a su dignidad. Y esto es lo que permite que podamos penar a alguien que se pasa esos derechos humanos por el forro, de alguna manera, argumentando que alguien ha dado su consentimiento para que se le torture.
Los críticos de esta ley aseguran que se busca perseguir a los profesionales de la psicología.
Esta ley no persigue mi profesión, sino que la blinda. Somos verdaderos profesionales y lo que hacemos es una psicología afirmativa. Persigue a quienes están denigrando la profesión y haciendo ver que se puede utilizar para ejercer violencia, y nada más lejos de la realidad. La psicología no puede ser ajena a los derechos humanos, no puede ejercerse desde un prisma que no sea el de la igualdad y la no discriminación. Y, desde luego, uno de nuestros principios es la beneficencia y la no maleficencia. Eso significa que siempre haremos el bien. Y, como sociedad y como parte del colectivo, también celebramos que haya una semilla de reparación para todas esas personas que lo han sufrido. No se podrá reparar nunca al cien por cien, pero yo creo que esto da una luz de esperanza. Y, por supuesto, sirve para proteger a todas las personas que vienen y para que nadie más, ojalá, vuelva a caer en este tipo de prácticas.
¿Qué papel juegan los colegios oficiales de psicología a la hora de denunciar y purgar estas malas prácticas?
Tienen un papel esencial, primero para pronunciarse, como lo han hecho, diciendo que la psicología es una ciencia y que la ciencia avala la psicología afirmativa, la que empodera a las personas y les ayuda a vivir en paz y orgullosas de lo que son. Y luego, para denunciar los casos que bien son de intrusismo, porque no son profesionales de la psicología pero se sirven de ella para ejercer esto, o para perseguir a quienes no son buenos profesionales y ejercen violencia. Yo creo que ahí tienen un papel esencial como profesionales y como comunidad científica para posicionarse y ayudar también a la erradicación de este tipo de prácticas.
Ya hemos hablado del papel de la religión en estas terapias, ¿pero dónde termina el derecho legítimo a la libertad religiosa y dónde empieza el delito o la vulneración de derechos hacia las personas del colectivo?
Obviamente, existe libertad religiosa y de culto, pero, una vez más, como hablábamos, los límites deben estar muy claros. Ese límite también pasa por el intrusismo. Hay personas LGTBI+ creyentes que pueden verse beneficiadas de un acompañamiento a nivel religioso, de una búsqueda de su identidad a través de su práctica religiosa. Pero en ningún caso ese papel de la religión puede ser el que correspondería a un terapeuta o a una psicóloga. Partiendo de que en ningún momento ese papel de terapeuta es diagnosticar nada, porque no hay nada que diagnosticar, sino ayudar a una persona a comprenderse, a vivir su identidad de la forma más libre posible y a gestionar el contexto en el que vive, si es que es LGTBIfóbico. Pero cualquier acompañamiento religioso tampoco puede cruzar esa línea, porque no tiene la formación para hacerlo. Podrá ser un acompañamiento de la vivencia de su fe y de su espiritualidad como persona LGTBI+, con todas las contradicciones que puede haber ahí.
El próximo día 10 en el Senado se cierra el plazo de enmiendas a esta ley. Para vosotras, desde la Federación, ¿creéis que caben enmiendas? ¿Creéis que hay algo que modificar de esta ley o queréis que pase a ser tramitada tal y como está?
Para nosotras ha sido una victoria que esto se contemple y que se apruebe. En ningún caso, y así hemos arrancado el compromiso de los grupos parlamentarios y esperamos que así sea, las enmiendas van a ser para retroceder, digamos, o para hacer de menos el texto de la ley. Estamos trabajando con los grupos parlamentarios. Hay alguna propuesta que podría enriquecer el texto. Todo lo que sea ampliar garantías y enriquecerlo lo aplaudiremos. Pero, en cualquier caso, queremos que, como mínimo, las medidas que se han planteado en el Congreso sigan adelante y esto se haga una realidad de una vez por todas. Las víctimas lo han sentido como una semilla, un primer paso de reparación, y creemos que va a ayudar a que empiecen a erradicarse todo este tipo de violencias.