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Crónica sobre la masculinidad hegemónica en ocho actos

Señor, suélteme el brazo

Crónica sobre la masculinidad hegemónica en ocho actos

¿Sabes ese primo mayor que nunca te cayó bien, pero al que todos seguían porque 'sabía lo que había que hacer'? Llamémosle Paco.

No hace falta que Paco exista físicamente. Es una idea, un molde, un estándar que flota en el aire y que dice cómo debería comportarse 'un hombre de verdad'. R. W. Connell (Rae, para los amigos) fue quien le puso nombre a Paco y lo explicó así: la masculinidad hegemónica es el modelo dominante de masculinidad en una sociedad, el que se valora como superior y que organiza el resto de masculinidades en una especie de liga donde unos puntúan más que otros. Ese modelo suele ser hetero, duro, poco emocional, autosuficiente, bla, bla, bla.

Le conoces de sobra. Te lo han presentado desde que tienes uso de razón.

Butler, por su parte, añadió el girito filosófico a la cuestión: el género no es algo que tienes, sino algo que haces. Lo vas performando, repitiendo, corrigiendo según la reacción del resto. Es decir, si no encajas en el papel que te ofrecen, te van dejando caer (sin darte cuenta, claro) que algo no va 'bien'.

Y ahí, amigo mío, es donde empieza nuestra historia.

Primer acto

El momento en el que descubres que te están evaluando sin quererlo ni beberlo

Ser un niño, digamos 'diferente', es como jugar un deporte cuyas reglas nunca te explicaron, pero que todo el mundo parece conocer. Menos tú, obviamente.

De pronto, alguien suelta que «corres raro» o que «tu voz es un poco fina». O te dicen que deberías jugar a cosas «de chicos», como si existiera un comité internacional encargado de decidir quién puede hacer qué, con quién hablar y de qué manera.

Y ahí está Paco, boli en mano, con su carpeta y su formulario que te examina sin descanso. Y tú, sin saberlo, empiezas a moverte como si siempre estuvieras siendo observado. Porque lo estás.

Butler diría que ahí estás aprendiendo la coreografía obligatoria del género. Patada, patada, giro, giro, manos.

Segundo acto

El máster en camuflaje que nadie pidió cursar

(Ilustración: Felip Ariza)

Llegas a los 12, 13, 14. Los 'brackets', los granitos… y, de repente, activas el modo ninja. Le bajas la frecuencia a tu voz, controlas cómo mueves las manos, vigilas lo que dices, cuidado con lo que miras, cuidado con lo que insinúas. Cuidado con todo. ¡CUIDADO!

No es paranoia. Es supervivencia.

Lo llaman camouflaging. En tu cabeza era simplemente 'pasar desapercibido'. O, mejor dicho, 'no meterte en líos'.

El problema es que ese camuflaje funciona tan bien que, más adelante, cuesta muchísimo recordar cómo eras cuando no vivías en tensión. Paco te enseñó que había riesgos por ser tú. Y el cuerpo lo aprendió.

'Tre', la 'famiglia'

El amor condicionado, pero con un lazo muy bonito

(Ilustración: Felip Ariza)

La familia puede ser un refugio… o un campo emocional lleno de minas antipersona. No hace falta que haya rechazo abierto. A veces basta con un 'no te pongas así', un 'sé fuerte', un 'los chicos no lloran', o ese clásico 'eso es de niñas'.

Otra vez lo mismo: Paco dictándote cómo andar por la vida.

Y así vas desarrollando un apego tenso que mezcla querer ser querido con el miedo a no encajar. Los psicólogos lo llaman apego inseguro. Yo lo describo más como ese momento en una cita en el que te dicen algo bonito y, por dentro, piensas: «Eso lo dice porque me quiere llevar a la cama».

Cuarto acto

La mochila invisible, estrés de minoría y otros souvenirs

(Ilustración: Felip Ariza)

Aquí entra Meyer con su 'minority stress', que es, para que nos entendamos, como cuando sabes que tu identidad puede ser motivo de rechazo y tu sistema nervioso vive en modo 'alerta amarilla'.

No es drama. Es estadística. Es experiencia acumulada. Es memoria corporal.

Cada gesto moderado, cada frase autocensurada, cada presentación ajustada al contexto… todo eso deja marca.

Ansiedad, miedo al rechazo, dificultad para bajar las armas incluso con quien te quiere. No eres tú: es el sistema que te obligó a aprender esas tácticas para sobrevivir.

Quinto

La subasta silenciosa de la masculinidad

Gran elipsis. Sobrevives y llegas a la adultez. Y ahí descubres un escenario del que nadie te habló: Paco es amigo de tus amigos.

Los 'masc', los 'discretos', los 'no pluma', los que creen que tener músculos te convierte en un dios griego inalcanzable.

No es culpa de nadie en concreto. Llevamos años aprendiendo que la masculinidad que valía era la dura, la fuerte, la contenida. Y así, casi sin darnos cuenta, acabamos reproduciendo el mismo sistema que nos hizo daño… pero con filtros de Instagram.

Mil euros, ¿alguien da más? ¡Vendido al señor 'discreto' sin foto de cara!

Sexto acto

Trauma, apego y esa versión tuya que nació para protegerte

(Ilustración: Felip Ariza)

Muchas personas queer cargan con una versión de sí mismas construida durante esos años de defensa: más fuerte, más callada, más irónica, más impermeable.

Esa versión te sirvió. Esa versión te salvó. Esa versión merece respeto.

Pero también es verdad que, llegado un punto, ya no es suficiente. El mundo cambia, tú cambias y ya no puedes seguir reaccionando como si tuvieras doce años en un pasillo del instituto.

La psicología lo llama trauma relacional: esa dificultad para mostrar la parte más tierna y vulnerable porque, durante años, aprendiste que era peligroso hacerlo.

Desaprender eso es un trabajo fino. Lento. Íntimo. Pero es posible. Y duele menos cuando entiendes de dónde viene.

Séptimo

Ahí donde aprendemos que hay mil formas de ser hombre, de no serlo o de inventarse algo nuevo

Dentro de nuestra comunidad vemos lo mejor y lo peor del efecto de la masculinidad hegemónica. Desde espacios donde todo vale y puedes respirar por fin, hasta dinámicas que repiten los mismos patrones de exclusión.

Pero también somos la prueba viviente de que los modelos de masculinidad cambian. Que se pueden desmontar, cuestionar, rediseñar.

Que ser hombre, ser no binario, ser lo que seas, es una historia mucho más rica que lo que tu primo Paco quiso imponer.

Y eso, sinceramente, es precioso.

Final act

La masculinidad hegemónica nos marcó, sí, pero no para siempre

(Ilustración: Felip Ariza)

Crecimos con Paco. Omnipresente, severo, vigilante.

Nos enseñó a escondernos, a imitar, a aguantar.

Pero también nos hizo, paradójicamente, más conscientes, más reflexivos, más capaces de elegir quién queremos ser en serio.

Y ahí está la clave: ya no estamos siguiendo su guion.

Ya no tenemos que hacer un papel que nunca fue nuestro. Podemos escribir otro. Uno donde no haya que apagar partes de nosotros para que otros duerman tranquilos.

Si hay una victoria universal es que, después de todo lo que nos dijeron que no podíamos ser, aquí seguimos aprendiendo a ser nosotros sin permiso de nadie.

Y eso, querido amigo, ya es revolucionario.

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