Día Mundial de la Salud Sexual
Más allá del VIH: las otras caras de la salud sexual LGTBI
El bienestar emocional, el placer y los vínculos también forman parte de una realidad marcada por el estigma y las barreras de acceso a los servicios sanitarios
Hablar de salud sexual es mucho más que hablar de infecciones. Con motivo del Día Mundial de la Salud Sexual, este reportaje pone el foco en una dimensión de la salud que la Organización Mundial de la Salud (OMS) define como un estado de bienestar físico, emocional, mental y social relacionado con la sexualidad. Es, además, un derecho fundamental reconocido por distintos organismos internacionales. Pero en la práctica, ese bienestar no siempre ocupa el centro del debate, sobre todo cuando se trata de mujeres, personas LGTBI y otros colectivos marginados.
En el caso de las personas LGTBI, la conversación sobre salud sexual ha estado durante décadas ligada al VIH. La dimensión del problema, el estigma asociado al virus y la manera en que la epidemia marcó a varias generaciones han hecho que, en muchas ocasiones, resulte difícil mirar más allá. Más allá del VIH y de otras infecciones de transmisión sexual (ITS), pero también más allá de la propia enfermedad: hacia el placer, las relaciones, la salud mental y emocional o el derecho a vivir la sexualidad de forma plena y segura.
«Creo que el error principal ha sido pensar que el eje de la salud sexual de las personas LGTBIQ+ tenía que estar necesariamente relacionado con el VIH. El propio estigma asociado al virus ha condicionado durante décadas nuestra manera de entender la sexualidad», explica Jorge Garrido, director ejecutivo de Apoyo Positivo. El activista considera que la sexualidad todavía se aborda demasiado desde el riesgo. Una mirada que, a su juicio, deja en segundo plano cuestiones como el autoconocimiento, la aceptación de la diversidad, la construcción de relaciones, el consentimiento, el cuidado de la salud mental y emocional y, por supuesto, el placer.
Irene Aterido, co-coordinadora del Grupo de Salud Integral de FELGTBI+, pone el foco en otra consecuencia de esta visión. Centrar la salud sexual del colectivo en el VIH hace que otras necesidades sanitarias queden relegadas. «Estamos dejando fuera necesidades de salud emocional, necesidades de salud sexual no genital, otras muchísimas variables que tienen que ver con las relaciones y con el estilo de vida y temas sociales», afirma.
«Creo que el error principal ha sido pensar que el eje de la salud sexual de las personas LGTBIQ+ tenía que estar necesariamente relacionado con el VIH. El propio estigma asociado al virus ha condicionado durante décadas nuestra manera de entender la sexualidad»
Jorge Garrido
Director ejecutivo de Apoyo Positivo
Pero el visibilizar la epidemia de VIH ha tenido efectos positivos: ha situado la salud sexual en la agenda pública y ha contribuido a que se hable más de ella. Pero hacerlo más visible no significa haber acabado con los tabúes y prejuicios que todavía la rodean. Garrido recuerda la «tragedia sanitaria y social» que supuso el VIH para varias generaciones, pero también destaca los avances que se han conseguido a partir de esa respuesta. «Avances biomédicos, terapéuticos y preventivos extraordinarios», que han permitido, entre otras cosas, que las personas con el virus puedan alcanzar una carga viral indetectable y no transmitirlo.
Al mismo tiempo, esa historia ha dejado una huella en la forma de hablar sobre el sexo. El director ejecutivo de Apoyo Positivo reconoce que el VIH también ha contribuido a construir «una determinada narrativa sobre el sexo y sobre algunas orientaciones sexuales, atravesada por el estigma». Una narrativa que, además, puede llevar a asociar determinadas infecciones con determinados colectivos. Garrido recuerda que, aunque el VIH ha afectado de manera significativa a hombres homosexuales y personas trans, no es una infección exclusiva de estos grupos. «Es un virus que puede afectar a cualquier persona que tenga una práctica con posibilidad de transmisión», subraya.
Y mientras el VIH ocupa buena parte del espacio público cuando se habla de salud sexual, otras ITS permanecen en un segundo plano. La sífilis, la gonorrea o la clamidia también forman parte de esta realidad, pero no reciben necesariamente la misma atención. En este punto, los expertos consultados ponen el foco en cuestiones diferentes. Para Garrido, el estigma asociado al VIH ha condicionado durante años la forma de entender la salud sexual. Aterido, en cambio, señala la falta de recursos destinados a otras ITS y a su prevención. La solución, en cualquier caso, pasa por ampliar la mirada. «La prevención tiene que empezar formando parte de la educación sexual y del desarrollo personal a lo largo de todas las etapas de la vida, sin convertir la sexualidad automáticamente en sinónimo de riesgo o enfermedad», recalca Garrido.
La LGTBIfobia interiorizada
La LGTBIfobia que llega desde fuera también puede interiorizarse y terminar afectando a la forma en que una persona se percibe, se relaciona y se cuida. El estigma social e institucional puede tener consecuencias sobre la salud mental y física y, también, sobre la sexual. La autoestima, el autocuidado y la capacidad para establecer relaciones seguras están atravesados por la manera en que cada persona aprende a vivir y valorar su propia identidad. «Es la percepción de que tu identidad o tu orientación es de segunda categoría, vale menos. Eso hace que tengas una identidad minusvalorada, que te autodesprecies incluso», explica Irene Aterido, una tesis que comparte Jorge Garrido. El director ejecutivo de Apoyo Positivo señala que cuando una persona crece sin sentirse reconocida en quien es puede llegar a interiorizar la idea de que hay algo «incorrecto» en ella.
Para Aterido, la LGTBIfobia interiorizada y el rechazo social son algunos de los «factores diferenciales» que deben tenerse en cuenta al abordar la salud sexual de las personas LGTBI. No se trata, por tanto, de aplicar exactamente la misma mirada que al resto de la población, sino de atender a unas experiencias y necesidades específicas. «Si tú tienes menos amor propio, que es lo que es la autoestima, va a ser difícil que te cuides adecuadamente, que te protejas, por ejemplo, en el caso de las ITS, pero también que te protejas emocionalmente», subraya Aterido.
LGTBIfobia interiorizada
«Es la percepción de que tu identidad o tu orientación es de segunda categoría, vale menos. Eso hace que tengas una identidad minusvalorada, que te autodesprecies incluso»
Irene Aterido
Co-coordinadora del Grupo de Salud Integral de FELGTBI+
Garrido amplía esta idea y sitúa la LGTBIfobia como un factor que puede atravesar diferentes dimensiones de la vida sexual: «La LGTBIfobia no afecta solo a cómo una persona se siente consigo misma: condiciona cómo se relaciona, cómo establece vínculos, cómo gestiona el consentimiento y cómo cuida su salud». «La salud sexual, como la salud en general, es bienestar físico, mental y social. Si ese bienestar no existe, difícilmente podemos hablar de una buena salud sexual», continúa el experto.
Las necesidades en salud sexual de las personas LGTBI
Las necesidades de salud sexual de las personas LGTBI siempre han estado ahí. Lo que no siempre ha estado presente es la información necesaria para reconocerlas y atenderlas. La visibilización de estas realidades ha permitido sacar a la luz necesidades que durante años quedaron fuera de la atención sanitaria. «Esas necesidades siempre han estado ahí; lo que ha cambiado es nuestra capacidad para reconocerlas y darles respuesta», explica Garrido. Aterido, sin embargo, considera que muchas de esas necesidades siguen sin estar lo suficientemente atendidas. La experta sitúa en los años 90 el momento en el que, desde el activismo, comenzó a construirse una mirada propia sobre las necesidades de salud de la comunidad LGTBI. Desde entonces se han producido avances, pero, a su juicio, todavía queda mucho por hacer.
Uno de los ámbitos en los que más preocupación detecta es en el de la salud mental, sobre todo entre las personas más jóvenes. «Lo que sí sabemos es que desde la pandemia ha habido un empeoramiento exponencial de la salud psicológica, sobre todo del colectivo más joven dentro de la población LGTBI. Las tasas de suicidio, intentos autolíticos, fases de depresión, exploraciones muy mal acompañadas de la identidad de género... Todo esto ha ido en aumento», señala.
«Hemos pasado de disponer de un abanico preventivo mucho más limitado a contar con PrEP, PEP, DoxyPEP, vacunación, nuevas estrategias de diagnóstico y prevención, educación sexual, reducción de riesgos y herramientas de acompañamiento psicosocial»
Jorge Garrido
Director ejecutivo de Apoyo Positivo
Pero las necesidades de salud sexual van mucho más allá de las pruebas diagnósticas. Aterido reclama una atención que no se limite a «tomar muestras genitales y analíticas de sangre». «Hay muchas otras necesidades de salud sexual que tenemos la población LGTBI y ahí no se ha avanzado, no se ha avanzado en hacer una atención sanitaria a la diversidad», recalca. La diversidad dentro del propio colectivo también obliga a abandonar las categorías cerradas. «No hay dos gais iguales» ni dos «lesbianas iguales», señala Aterido. Aunque algunas personas puedan compartir determinadas características, sus necesidades de salud pueden ser diferentes.
Garrido coincide en que no se trata necesariamente de hablar de «nuevas necesidades», sino de necesidades que ahora empiezan a hacerse visibles. Al mismo tiempo, destaca que el abanico de herramientas disponibles para la prevención y el cuidado de la salud sexual se ha ampliado: «Hemos pasado de disponer de un abanico preventivo mucho más limitado a contar con PrEP, PEP, DoxyPEP, vacunación, nuevas estrategias de diagnóstico y prevención, educación sexual, reducción de riesgos y herramientas de acompañamiento psicosocial».
Una salud sexual pensada desde una única realidad
Como ocurre también en el conjunto de la sociedad, dentro del colectivo LGTBI la conversación sobre salud sexual tiende a concentrarse en determinadas experiencias, en especial las de los hombres. Para Garrido, cambiar esta perspectiva es una de las principales tareas pendientes. «La gran asignatura pendiente es dejar de construir la salud sexual desde una única realidad y entender que cada persona puede tener necesidades diferentes. Eso debe reflejarse en las campañas, en la educación, en la prevención y en el acceso a los servicios», señala. El activista plantea además una cuestión de fondo: las personas a las que se dirigen las campañas deberían participar en su diseño. No basta, sostiene, con crear mensajes para un colectivo; es necesario contar con sus integrantes para conocer sus necesidades reales y evitar que la prevención se construya a partir de estereotipos.
En el caso de las mujeres LGTBI, Aterido considera que persiste una mirada sanitaria marcada por los roles de género y por la idea de la maternidad. «A las mujeres solo se las atiende en cuanto a la posibilidad de ser madres», afirma. Según explica, se da por hecho que existe un hombre al lado y que esa mujer tiene un deseo gestacional. A ello se suman, a su juicio, importantes carencias de información. Las propias mujeres del colectivo desconocen «miles de cosas» sobre su salud sexual y, al mismo tiempo, Aterido denuncia que muchos profesionales sanitarios desconocen las prácticas sexuales y las conductas de riesgo de las mujeres lesbianas, bisexuales y asexuales.
La salud sexual de las mujeres LGTBI
«Asumen que no hay violencias sexuales, asumen que no tienen relaciones penetrativas… Esto hace que muchas veces el acceso a la citología sea complicado. No digo que se les niegue, pero sí hay una serie de estereotipos y asunciones que ponen en riesgo la salud sexual de las lesbianas, bisexuales y asexuales»
Irene Aterido
Ese desconocimiento puede traducirse en estereotipos que dificultan la atención. Pensar, por ejemplo, que una mujer asexual no mantiene relaciones sexuales o asumir que entre dos mujeres no puede existir violencia intragénero son algunas de las ideas que, según Aterido, todavía persisten. «Asumen que no hay violencias sexuales, asumen que no tienen relaciones penetrativas… Esto hace que muchas veces el acceso a la citología sea complicado. No digo que se les niegue, pero sí hay una serie de estereotipos y asunciones que ponen en riesgo la salud sexual de las lesbianas, bisexuales y asexuales», asevera.
La activista pone también el foco en las mujeres intersex. «Son mujeres que tienen diferentes configuraciones corporales, pero que tienen que acudir a ginecología o a urología, y ellas tienen una identidad de género mujer, sufren todo tipo de discriminaciones y son tratadas como fenómenos de exposición más que sujetas de derechos en salud», señala.
Cuando la orientación o la identidad no son la única diversidad
La atención a la salud sexual tampoco puede desligarse de otros factores que atraviesan la vida de una persona. El origen, la situación económica, la discapacidad, la situación administrativa o las redes de apoyo pueden condicionar tanto la manera de vivir la sexualidad como las posibilidades de acceder al sistema sanitario. «Lo primero es entender que una persona no es únicamente su orientación sexual o su identidad de género. Todas estamos atravesadas por distintos determinantes sociales y psicosociales de la salud, y todos condicionan cómo vivimos nuestra sexualidad, nuestra salud y nuestro acceso a los servicios», señala Garrido. El activista defiende una atención integral que reconozca no solo la diversidad sexual y de género, sino también las diversidades culturales, sociales, económicas y funcionales, así como las diferencias en el acceso a los recursos y en la alfabetización en salud.
En el caso de las personas migrantes, por ejemplo, Aterido considera imprescindible conocer las circunstancias que rodean su llegada y su vida en España. «Si no preguntamos y si no nos ponemos en el lugar de la persona que viene a la consulta, atendiendo a su origen geográfico, a cómo ha llegado a nuestro país, que en ocasiones son circunstancias traumáticas, si no atendemos al duelo migratorio, si no atendemos a la precariedad laboral o sociolaboral, si no atendemos a las redes de amistades, las redes de apoyo que pueda tener la persona, no podemos hacer una intervención médica sobre su salud sexual», reclama. Para la experta, ignorar estos factores supone diseñar una atención pensada para una persona que no representa necesariamente la realidad de todos los pacientes: «Es como un brindis al sol no tener en cuenta que otras personas no pertenecen a la clase blanca, clase media blanca, vaya, y educada y con una situación administrativa regular». La conclusión de la especialista es sencilla: preguntar antes que asumir. Conocer la realidad de cada persona antes de aplicar sobre ella una categoría o un estereotipo.
Salud sexual en personas migrantes
«Lo primero es entender que una persona no es únicamente su orientación sexual o su identidad de género. Todas estamos atravesadas por distintos determinantes sociales y psicosociales de la salud, y todos condicionan cómo vivimos nuestra sexualidad, nuestra salud y nuestro acceso a los servicios»
Jorge Garrido
Director ejecutivo de Apoyo Positivo
Aterido señala que la diversidad funcional constituye otra de las grandes asignaturas pendientes. Recuerda que, hasta hace relativamente poco tiempo, mujeres con discapacidad intelectual podían ser sometidas a esterilizaciones forzosas y que también existen casos documentados de personas intersex sometidas a estas esterilizaciones. A ello se suman los prejuicios sobre la propia sexualidad de las personas con discapacidad. «Las personas con discapacidad sufren muchas violencias, para empezar en la familia y para continuar en ámbitos educativos y con las tasas de paro que tienen. Entonces, todo eso hace que tú no puedas tener una salud sexual y un entendimiento de tu sexualidad igual que el de personas sin discapacidad. Simplemente te quita oportunidades», afirma Aterido.
El papel de los centros comunitarios de salud
El papel de los centros comunitarios de salud
Cuando el sistema sanitario no llega, los centros comunitarios se convierten para muchas personas LGTBI en una primera puerta de entrada a la salud. Son espacios en los que encontrar información, prevención y acompañamiento, pero también un lugar donde plantear dudas y hablar de la propia sexualidad sin miedo a ser juzgado. «Nacieron precisamente para responder allí donde el sistema no llegaba o no entendía determinadas necesidades, y una de sus principales fortalezas es que están construidos desde las propias comunidades», explica Garrido. El director ejecutivo de Apoyo Positivo los define como espacios seguros, cercanos, accesibles, anónimos y libres de juicios de valor.
La experiencia de estas entidades parte, precisamente, de detectar aquello que la atención sanitaria convencional no siempre contempla. «Durante años nos hemos topado con que había una respuesta parcial, incompleta, llena de prejuicios hacia el VIH y el resto de ITS que se trataban», afirma Aterido. Frente a ello, las organizaciones ofrecen acompañamiento y asesoramiento desde una perspectiva que busca dejar atrás los estereotipos. «Sin prejuicios ante relaciones sexuales frecuentes, sin prejuicios ante la asexualidad, sin prejuicios ante las personas trans, que es muy importante», incide la co-coordinadora del Grupo de Salud Integral de FELGTBI+.
Pero el papel de estos recursos no debería entenderse únicamente como una respuesta a las carencias del sistema. Garrido reclama que sean reconocidos como parte de la propia red de atención. «Muchas veces trabajamos con recursos limitados cuando, precisamente, nuestra fortaleza está en hacer las cosas desde la cercanía y la comunidad. No deberíamos entendernos como algo complementario o residual, sino como una pata más del sistema de salud, capaz de llegar a comunidades y necesidades a las que otras estructuras no llegan», defiende.
Centros comunitarios
«Ser tratado o tratada por una profesional del colectivo, o por lo menos que tenga bastante experiencia en los factores que nos influyen, es una experiencia reparadora para muchas personas LGTBI»
Irene Aterido
Co-coordinadora del Grupo de Salud Integral de FELGTBI+
Aterido coincide y los considera «recursos básicos fundamentales». Porque, en ocasiones, sentirse comprendido también forma parte del cuidado. «Ser tratado o tratada por una profesional del colectivo, o por lo menos que tenga bastante experiencia en los factores que nos influyen, es una experiencia reparadora para muchas personas LGTBI», afirma.
Y esa idea resume buena parte de lo que queda pendiente: que la salud sexual no se limite a prevenir infecciones, sino que permita a todas las personas vivir su sexualidad con información, autonomía, seguridad y bienestar. Para conseguirlo, no basta con ampliar las herramientas de prevención. También es necesario que el sistema sanitario aprenda a mirar la diversidad, escuchar las necesidades de quienes tiene delante y garantizar que nadie tenga que dejar una parte de sí mismo en la puerta de la consulta.