Decir que el drag es brillo es una simplificación casi ofensiva. Como si todo pudiera resumirse en pedrería y pestañas postizas, como si el asunto fuera solo cuestión de luces y no de lo que esas luces están contando. En la décima Gala Drag de Torremolinos hubo fantasías imposibles, plataformas que desafiaban cualquier normativa de riesgos laborales y pantallas LED trabajando a pleno rendimiento, pero lo que realmente marcó la noche no fue lo que reflejaba la luz, sino lo que la atravesaba.
La gala comenzó con un homenaje a Coca Boom, rostro habitual de la escena drag local, fallecida recientemente, y eso ya dejó claro que la noche no iba a girar exclusivamente en torno a la competición. No fue un gesto protocolario, fue una forma bastante rotunda de recordar que esta escena tiene memoria y que la memoria importa. En la pantalla aparecieron imágenes suyas mientras sonaba su propia voz con ese tono entre la ironía y el puñetazo que la caracterizaba. Hablaba de provocación, de exceso, de habitar el cuerpo sin pedir permiso, y terminaba recordando que la travesti es mala porque el mundo es peor.
Después intervino Dennyx, amiga y compañera, para hablar de salud mental y de la importancia de tejer comunidad más allá del aplauso, de crear redes que sirvan cuando la fiesta termina y el personaje se queda solo. En una gala donde todo está diseñado para impresionar, un momento así, sin artificio, fue probablemente el más contundente de la noche.
A partir de ahí el espectáculo tomó velocidad. Presentaron Rocío Madrid y Lara Sajen, combinando oficio y ritmo, y la gala contó con intérprete de lengua de signos, algo que debería formar parte de cualquier evento que se tome en serio la palabra inclusión.
Antes de que comenzara la competición, el escenario sirvió también para calentar el ambiente con el coro LGTBI de Torremolinos, que puso entusiasmo y volumen a partes iguales. En esa misma línea festiva apareció Raúl con su himno dosmilero ‘Sueño su boca’, y bastaron los primeros acordes para que el auditorio se viniera arriba, cantando como si 2001 no hubiera terminado nunca.
Sobre el escenario desfilaron trece propuestas que confirmaron que el certamen ha alcanzado una madurez evidente. Hubo brujas ardiendo para renacer, universos carnavalescos y fantasías religiosas reinterpretadas con escenografía monumental. También hubo crítica al bullying en clave íntima y ejercicios de performatividad masculina, con barbas pintadas, que jugaban con los códigos del poder y del cuerpo.
El cuarto premio fue para Omi, que se atrevió con una recreación del génesis, ambiciosa y visualmente rotunda. El tercer premio recayó en Los Turkish, desde Alhaurín de la Torre, con una propuesta pirata que cuestionaba quién puede navegar libremente y quién no, todo ello envuelto en coreografía y una estética marcadamente masculina. El segundo premio fue para Lore Çe Pump con ‘Échame agua y verás cómo florezco’, donde se presentaba como la justicia frente al odio a la diversidad, envuelta en plumas de colores y un elenco de baile espectacular. Carnaval en estado puro, pero con intención.
La ganadora de esta décima edición fue La Protegida, que apareció vestida de Ganesha, con una propuesta inspirada en la India y el Taj Mahal como telón de fondo. Una puesta en escena potente, sostenida por un maravilloso equipo perfectamente sincronizado y entregado sin reservas a la fantasía colectiva. En el escenario estuvo también Desireé Vogue, recordada como la primera mujer trans en participar en la gala, un detalle que conviene tener presente cuando se habla de la memoria dentro de la propia escena.
Entre actuación y deliberación, el DJ Rafa León mantuvo el pulso festivo y el público respondió como responde Torremolinos cuando huele a carnaval, entregado. La reina saliente, Alma DeSoul, coronó a la ganadora junto al jurado, cerrando así el círculo anual de reinado y confirmando que, diez ediciones después, el certamen ya no necesita justificarse como rareza festiva sino que se consolida como una cita clave del calendario cultural no solo del municipio, sino de la provincia.
Sin embargo, consolidarse no significa estar completo. En una gala que se reivindica como espacio de diversidad, sigue echándose en falta mayor representación femenina y, por qué no decirlo claramente, la presencia de algún drag king que amplíe el espectro. La gala se llama Gala Drag Queen y el nombre ya marca un perímetro, una tradición concreta, una genealogía muy definida. Pero si el drag consiste en exagerar el género hasta convertirlo en caricatura y en poner en cuestión sus propios códigos, quizá ha llegado el momento de preguntarse qué géneros estamos permitiendo exagerar y cuáles continúan fuera del plano. Porque si el arte consiste en tensionar los límites, mantenerlos intactos para siempre resulta, cuanto menos, poco drag.
Hubo brillo, por supuesto, pero no solo en la superficie. Brilló la producción, brilló el espectáculo y brilló, sobre todo, una comunidad que supo detenerse para recordar a una de las suyas antes de empezar a competir. Y eso, más que cualquier plataforma imposible, es lo que convierte una gala en algo que trasciende la noche y permanece.




