La escritora argentina despierta un nivel de fervor entre su público que solo es comparable al de las estrellas del rock. Sus libros, en los que se mezcla el terror más oscuro con un análisis afiladísimo de la historia y la sociedad de Argentina, han conquistado el mundo entero. Esta reina siniestra ha acercado a este género a un público que le resultaba totalmente ajeno. Desde Australia, donde la autora vive desde hace un tiempo, Mariana Enríquez interrumpe su retiro literario para concedernos una entrevista en la que hablamos sobre la gran presencia de personajes queer en su obra, sobre cine, literatura, referentes y obsesiones.
Tus lectores sabemos que en muchos de tus libros hay una importante presencia de personajes queer, sobre todo de hombres gays y bisexuales. ¿Esto es así por un deseo de reflejar la diversidad del mundo o porque simplemente muestra el ambiente en el que siempre te has movido?
Cuando se publicó mi primera novela, ‘Bajar es lo peor’, yo estaba totalmente desconectada del ambiente literario. Se publicó en 1995, cuando todavía ni hablábamos de representación, que es un término muy reciente. Yo solo quería hablar del mundo en el que yo vivía y también, por supuesto, de los chicos que a mí me gustaban, de los que me parecían atractivos, bellos, interesantes… También interesantes creativa y culturalmente. Es un libro del 95, pero no tiene sida, ni siquiera tiene VIH, aunque en los personajes hay sensación de muerte inminente. No fui muy consciente de que escribí una novela que estaba como fuera de tiempo: es totalmente contemporánea, pero en ningún momento menciona lo que de verdad estaba ocurriendo entonces.
Porque en ese momento la situación del colectivo era bastante complicada, claro.
En Sudamérica, por supuesto, el virus fue mucho más lento. Estaba aún reciente la muerte de Federico Moura, una estrella de rock hermosísima, una especie de David Bowie local, que había muerto de sida. Pero 1995 es el año del cóctel, ya se deja de morir la gente. Se relaja el estigma porque aquello empieza a afectar a otras poblaciones. Y ese es el momento en el que yo escribo esa novela.
Y todo aquello lo viviste muy de cerca…
Mi novio de ese momento, que ahora es mi mejor amigo, no era gay todavía… pero porque aún era muy chico. Por entonces él estaba viendo qué onda. Eso es lo que pasaba a mi alrededor, era mi mundo. Después de aquello seguí teniendo con el colectivo la misma influencia cultural, de gustos, de ambiente… Y, claro, una vez que empecé a escribir y a lanzar mis textos por el mundo fui muy consciente de que aquello estaba allí. Y claro que quiero que esté.
Facundo y Narval podrían ser personajes secundarios de Nuestra parte de noche o incluso protagonizar algún relato de Un lugar soleado para gente sombría. Entiendo que sientes una especial devoción por estos chicos andróginos, oscuros, problemáticos…
Cómo decirlo con cierta elegancia: es lo que me erotiza, básicamente. No diría que es una fantasía, es un kink. En los últimos años, sobre todo online, he notado que a los gays más jóvenes no les gusta sentirse cosificados, pero yo nunca lo sentí como una cosificación, sino como todo lo contrario, como una absoluta fascinación estética. A mí me interesa mucho el decadentismo y el simbolismo: Arthur Rimbaud, Oscar Wilde, Aubrey Beardsley, David Bowie… Cuando vi Velvet Goldmine pensé: «Esto es todo lo que a mí me interesa». Ese tipo de hombre es como un personaje que se va reencarnando, pero que existe permanentemente.
«En los últimos años, sobre todo online, he notado que a los gays más jóvenes no les gusta sentirse cosificados»
‘Bajar es lo peor’ se publicó originalmente en 1995, una época en la que lo gay todavía no era tan mainstream como ahora. ¿Cómo se acogió en ese momento una historia tan transgresora?
Ahora me da risa, pero en aquel momento no era solo la cuestión gay; el tema de las drogas era mucho peor. Recuerdo que en todas las entrevistas me preguntaban: «¿Cómo sabés tanto de sexo gay?». ¡En todas! Yo tenía diecinueve años, ¡no sabía tanto! Solo escribía lo que me contaban mis amigos, que estaban todos explorando. De hecho, la relación entre los protagonistas es bastante naif, está todo bastante idealizado. Ahora lo veo todo demasiado adolescente. No sé, es que es un libro que escribí de adolescente. Había visto películas que alquilábamos, pero podíamos acceder a muy poco porno gay en ese momento. Íbamos al videoclub y conseguíamos lo que había, y a mí casi nada me gustaba porque todos eran demasiado musculosos. Era muy incómodo contestar a esas preguntas. A mí me daba mucha vergüenza contestarle a los que me entrevistaban, que eran abrumadoramente hombres heterosexuales: «Bueno, pero esto me erotiza, lo puse ahí porque me calienta, esa es mi fantasía…». Es rarísimo decirle eso a un señor de 40 años teniendo 19. Y a eso se sumaba el tema de las drogas. Era como: «¿Cómo sabés tanto de drogas? ¿Te drogás?». Que sí, pero cómo le decís eso a un periodista. Yo no tenía claro que no pudiese ir presa por eso. Ahora me da mucha risa, pero digamos que fue tragicómico.
Cuando leo ‘Bajar es lo peor’ me fascina que en la mente de esa chica de diecinueve años ya existiesen muchísimas de las obsesiones y de los rasgos identitarios de tu literatura. ¿Cómo es posible que todo ese imaginario ya estuviese en la cabeza de una posadolescente?
Yo era una posadolescente hiperestimulada. Leía todo el tiempo, salía todo el tiempo… Veíamos en el cineclub películas que no entendíamos y las discutíamos fumando cigarrillos hasta las tres de la mañana. Asistíamos a conciertos constantemente, tratábamos de conseguir discos importados, revistas… Estábamos en una búsqueda continua de información sobre cosas que nos parecían atractivas, que nos obsesionaban.
¿Como cuáles?
Como Oscar Wilde y su novio. Leía con mis amigos obsesivamente La balada de la cárcel de Reading y De profundis. Éramos unos jóvenes provincianos vestidos de negro, maquillados, que fumábamos mucho… pero, al mismo tiempo, éramos muy camp. En ese libro Wilde le pasa factura a Bosie. Está preso y literalmente le dice: «Gasté esta plata en vos, te compré esto… Y me metiste en cana, ¡sos un hijo de puta!». Pero no era todo tan solemne, también había mucho pop.
¿Te interesaba el pop en esa época?
Escuchábamos mucho pop. Y no solo pop cool, también pop cutre. Me acuerdo de que escuchábamos a Raphael y nos moríamos de risa. Una canción como ‘Mi gran noche’ es un superhimno. Porque yo creo que ‘Mi gran noche’ es una canción sobre el cruising. ¿A qué mujer va a encontrar Raphael yendo caminando? ¡En serio! Él dice que va a caminar y a conocer a alguien… Las mujeres no andan caminando solas por la noche para que Raphael las conozca y les cambie la vida. No existe eso. Entonces para nosotros, en esa época, todo era una constante hiperreferencia. ‘Mi gran noche’ no está en ‘Bajar es lo peor’, pero sí aparece una canción de Sandro, que también tiene canciones tan pasadas de melodrama, tan camp, que se vuelven totalmente gays. Sandro tenía otro tipo de histrionismo, pero ese era el tipo de cosas que nos divertían.

«Una canción como ‘Mi gran noche’ es un superhimno. Porque ‘Mi gran noche’ es una canción sobre el ‘cruising’»
Al ser periodista y estar tan vinculada con el colectivo LGTBI, me gustaría saber cómo crees que ha cambiado la sociedad argentina en cuanto a estos temas en las últimas décadas.
Muchísimo. Muchísimo. En los noventa hubo militantes gays poderosísimos y, al ser los años del sida, muchos de ellos murieron. A partir de ahí empiezan las marchas del orgullo. En algunas de las primeras recuerdo que la gente iba con barbijo; no tanto por miedo al contagio sino porque se hacían en invierno y mucha gente tenía neumonía. En las primeras éramos muy poca gente, igual que en las manifestaciones del 8 de marzo. Cuando ahora veo los millones de personas que se reúnen en Argentina por las movilizaciones de Ni Una Menos, no me lo puedo creer. Y no lo digo para darme importancia. Nosotros estábamos en el underground, éramos punks y la información circulaba de manera diferente. No llegamos allí por ser unos iluminados, sino porque era el ambiente por el que nos movíamos. Por entonces yo ni siquiera pensaba: «Qué horror que no venga más gente». Pensaba que aquella asistencia reducida era lo normal, que siempre sería así. Y todo aquello cambió muy rápido: primero por el trabajo de los activistas, pero también por la enorme visibilidad de los artistas gays en televisión. Había muchos actores fuera del armario. Tengo cincuenta años; los hijos de mi generación ya son adultos. La gente de mi edad tenemos un formateo totalmente diferente. En este tema, allá se dan los problemas que hay en cualquier parte, pero el salto ha sido tremendo. Es inimaginable lo mucho que se ha avanzado en tan poco tiempo.
Uno de los textos que has seleccionado para ‘Cinco miradas sobre Estados Unidos’ es de Truman Capote. Por supuesto, es uno de mis autores favoritos. ¿No te parece fascinante que esa pluma tan característica suya pueda reconocerse en su literatura?
Lo amo. Su sentido de la ironía… Bueno, tampoco es exactamente ironía: es una maldad melancólica. Una maldad muy hiriente que viene de un lugar muy concreto. Eso se ve muy bien en sus textos sobre Marilyn Monroe. Eran como dos forajidos que trataban de conservar cierto sentido de belleza sabiendo que no iban a conseguirlo. Me parece un texto tan triste… Por eso lo elegí para este libro. Pero Truman Capote es mucho más que la loca, que su pluma. En su prosa también se nota el hombre, el deseo. Para mí, su máxima expresión del deseo por otro hombre está en ‘A sangre fría’. Con ese libro da un salto, es el pico de su carrera. Él era aceptado por ser muy simpático, muy inteligente, pero como un ser asexuado, como una señora. Pero en ese libro dice: «Un momento, yo estoy enamorado de un asesino. Y lo peor de todo es que, para que mi libro funcione, lo tienen que matar. Entonces me armé mi propia tragedia». Y después casi dejó de escribir. Puso su deseo en un lugar muy arriesgado para sí mismo. Entendiéndolo dentro del marco de la literatura gay, me parece un texto muy valiente.
En tu reciente conversación con Rosalía le preguntaste qué le gusta más de un hombre, ella te contestó «que sea gay» y tú respondiste «coincidimos». ¿Qué crees que hace que tantas mujeres sientan un vínculo especial con los hombres gays, y viceversa?
Es algo que yo creo que no les pasa a todas las mujeres. Todavía hay un montón de mujeres que cuando un hombre que les parece atractivo es gay dicen «qué desperdicio». En Argentina se dice mucho y a mí me enloquece de furia. Creo que la complicidad tan profunda que yo siento con mis amigos gays tiene que ver con el humor, con la levedad, con una frivolidad bien entendida. A las mujeres y a los gays se nos acusa de frívolos por cosas que no lo son, que tienen que ver con salir de la norma hetero que dice que no importa la apariencia, que no hay que demostrar los sentimientos, que no hay que bailar ni llorar. Nos conecta cierta sinceridad en el avasallamiento del deseo. Y eso está vinculado con la idea de la diva. Y también está la cosa de podernos mostrar debilidad [señala el disco de Lana del Rey que tengo detrás], de poder decir «ay, que el macho me haga esto y lo otro» sabiendo que eso no debería pasársete por la cabeza, que vos deberías ser una mujer independiente y que todo eso es una antigüedad y un anacronismo. Pero a mí, como mujer, me resulta más fácil mirar los ojos a mi amigo gay y decírselo: «Ay, cómo me gusta ese macho, cruzaría los mares por él». Y ahí está esa ironía, ese poder reírse de uno mismo y decir: «Bueno, ¡esta ‘prisión de carne’!». Hay una complicidad muy grande ahí que conecta con muchas más cosas. También está la estética. Y el pop. En ese sentido, vivimos un gran momento. Antes ese vínculo solía tener que ver con lo trágico, ahora es mucho más celebratorio.
«Muchas mujeres cuando un hombre que les parece atractivo es gay dicen ‘qué desperdicio’. Me enfurece»
Juan, de ‘Nuestra parte de noche’, se ha convertido en los últimos años en uno de los personajes literarios que más suspiros han despertado entre lectoras y lectores. ¿A quién tenías en mente a la hora de crearlo?
A Alexander Skarsgård. Sí. Sí, o sea, total. Sí, sí, es él. No había otro. Cuando tomé la decisión de que tuviese ese aspecto, era Alex en ‘True Blood’.
¿Son ciertos los rumores de que Alfonso Cuarón planea llevar ‘Nuestra parte de noche’ al cine o a la televisión?
Cuarón tuvo los derechos durante un tiempo, pero por motivos de la industria no se pudo hacer. Ahora creo que los derechos los tiene Amazon. Están cambiando de directores, el proyecto está en un momento de transición después de que no saliese lo de Apple con Cuarón. La idea siempre fue una serie o dos películas. Pero el problema con el libro es que la serie tiene que ser en español. Y no hay tanta plata. Nuestro mercado debería ser enorme, pero no lo es. Además, yo pensaba que Alex ya se había hecho un poco viejo, porque Juan es muy joven, pero el otro día vi ‘Pillion’ y pensé: «¡Bueno, bueno…!».
Además, él es un actor tan de método que me lo imagino con un acento entre argentino y extranjero…
Yo creo que lo podemos hacer. Que hable poco, en todo caso. Además, como está enfermo Juan, podemos decir que está deteriorado. Para mí, Rosario lo podría hacer Anya Taylor-Joy, que habla un argentino y un inglés perfectos, y además tiene esa cosa medio espectral, medio aristocrática.
¿Te ha gustado ‘Pillion’?
Me impresionó en todos los sentidos. Hacía tiempo que no veía una película tan sincera. Y eso que es muy diferente al libro, que es buenísimo. ‘Box hill’ es mucho más duro. Me pareció muy honesta la película.
No me puedo despedir de ti sin preguntarte qué es lo próximo que le tienes preparado al público lector español…
Tengo muchos proyectos. En este momento estoy escribiendo una novela que no sé cuándo la voy a terminar; espero tenerla para el año que viene, pero no lo sé. Estoy pensando en muchos libros, tengo como dos o tres en la cabeza: dos novelas más cortas, esta que va a ser medio larga… Estoy con ganas de escribir. Fue muy complicado mudarme de Argentina a Australia: no tanto en lo logístico, ya que tengo la residencia por tener marido australiano, pero el cambio fue bestia. A veces me digo: «Ya es mañana, ¿no?». Vivís en otro uso horario real. Es rarísimo. Y también lo de no tener mi lengua en la calle. La traducción mental fue bastante rara. Pero eso hizo que me dieran muchas ganas de escribir: a lo mejor para conectar, no sé. Sufro la falta de atención de todos, que es desesperante. Y a eso, agrégale la niebla mental de los cincuenta… Pero está funcionando.



