El pasado sábado 28 de febrero se celebró en Manchester la cuadragésimo sexta edición de los BRIT Awards. El comienzo de la gala tenía como protagonista a uno de los artistas más esperados; Harry Styles. Lo que de primeras pasó un poco desapercibido debido a la expectativa de otras actuaciones y premios, se convirtió en el comentario más viral de X en la pasada semana. ‘Aperture’ es el primer single del nuevo disco del cantante, que se ha publicado estos días, y que lleva por título ‘Kiss All The Time. Disco, Occasionally’. Es la canción con la que el artista británico abrió los premios, y que dejó ver más bien pocas habilidades para el baile. Con esta performance se proyectó una idea de modernidad, comunidad y originalidad ejecutada terriblemente por Styles. Por mucho menos casi encarcelan en su momento a Dua Lipa; ella se convirtió en meme al demostrar cero unidades de aptitudes para la danza en un concierto de su gira de 2021, y que dio origen al ya clásico «Go girl, give us nothing» (Vamos chica, danos nada)».
Y es que, lo que de primeras parece ser algo anecdótico enmascara no solo falta de autenticidad y una vergonzosa actuación, sino cómo Harry Styles es otro de esos artistas hombres, blancos y heterosexuales que han hecho del queerbating su capital simbólico para desarrollar una carrera musical. Cuando alguien con un estilo ambiguo o visualmente cercano a lo queer, sin identificarse públicamente con la comunidad y sin hablar mucho de ello, se beneficia de esa imagen despierta preguntas sobre la intención y las ventajas sociales que obtiene. Harry Styles se hizo famoso en X Factor cuando la organización decidió agruparlo junto a cuatro chicos más que acabaron siendo One Direction, la boyband más famosa de las últimas décadas, con millones de seguidores en todo el mundo. En 2017 lanzó su primer disco, que proponía un cambio de dirección musical acompañado de un branding millonario que trató de situarlo en la industria musical como artista de apariencia indie y con sospechosas representaciones estéticas que recordaban a David Bowie o a Prince. Las críticas también se intensificaron cuando Styles habló sobre su papel en la película ‘My Policeman’, donde interpretaba a un hombre gay, y comentó que las escenas de sexo gay deberían mostrarse de forma más tierna y sensible en el cine. Algunas personas consideraron inapropiado que opinara sobre la representación de relaciones homosexuales sin haberse identificado públicamente como gay.
Porque al cantante de Redditch se le ha intentado construir, en términos de marketing, como un artista andrógino, jugando con el debate público sobre la masculinidad, especialmente desde su famosa aparición en Vogue siendo el primer hombre en solitario en la portada de la revista, en 2020, vistiendo un vestido azul de Gucci diseñado por Alessandro Michele. Un gesto repetido habitualmente en su vestimenta, y que fue señalado por una importante parte de la crítica cultural al hacer uso de la imaginería queer y camp con fines productivistas. Y es que ese es el lore de la historia: más allá de la sexualidad de Styles, su vestuario, escenografía y apropiación de lo históricamente LGTBIQA+ es lo que ocurre cuando se perciben las manifestaciones artísticas como algo meramente estético: la realidad es que hay artistas queer como Sam Smith, que lleva años presentando una imagen que se corresponde con su identidad no binaria, que viven un infierno en los comentarios que se leen sobre su apariencia física en sus redes sociales.
No ayuda nada a esta cuestión la música que Styles nos propone. El artista ha creado una carrera musical muy exitosa a base de extrapolar el mismo planteamiento de apropiación cultural pero a través del sonido. Y ese efecto es muy palpable en este nuevo disco. La cultura es mucho más que un vestido en sí mismo. No es sólo quién se pone el vestido; en lo artístico está implicado quién, por qué y en qué condiciones ha creado ese vestido, de qué talla era, los materiales que se han usado o dónde se ha mostrado. Las construcciones culturales nos ayudan a configurar lo comunitario y lo humano, no son adornos de quita y pon. Por eso, por mucho ‘shock value’ que pueda generar una imagen en la era digital, la significación no se puede no evidenciar.
Y es que ‘Kiss All The Time. Disco, Occasionally’ manifiesta muy bien una de las principales problemáticas de la industria musical, precisamente en la era digital. El disco suena bien, pero es terriblemente malo y vacío. Por ejemplo, ‘American Girls’ es una canción sonrojante que, junto a la mayor parte del disco, bebe del indiesleaze más comercial, y que pretende crear imágenes a lo Kerouac pero cuya mayor aportación es «I’m singing in stages all over the world, my friends are in love with American Girls». El resto de los temas parecen estar hechos por Suno, la IA más patética que existe: ‘Ready, Steady, Go!’ es literalmente un calco de algunos de los temas de The Bravery o de TV On the radio. ‘Are you listening yet?’ lo es de Foals. ‘Taste Back’ se parece sospechosamente a muchas de las canciones de Maxïmo Park, y ‘Season 2 Weight Loss’ hace lo mismo con Bloc Party. Básicamente Styles se ha leído un NME de 2008 y ha decidido ir uno por uno copiando los estilos de los grupos que definieron el sonido de la primera década de los 2000’s, cuando todavía existía el indie.

‘Coming Up Roses’ o ‘Paint by Numbers’ no son el colmo de la originalidad, pero al menos sí se corresponden mucho más con un ejercicio algo más honesto de blanquitud, un estilo de balada crooner de radiofórmula en la que el artista luce mejor sus habilidades como cantante, porque es un ecosistema creado para hombres como él. El álbum sugiere un nombre evidente: LCD Soundsystem. Styles se “inspira” en el sonido de la banda de James Murphy (referencia número uno del hombre performativo) y en clubes berlineses, las escapadas italianas y el público de los conciertos. Bajo esta premisa se puede deducir que Harry Style no ha estado en un club berlinés en su vida.
Los medios especializados se han mostrado escépticos, encontrándonos críticas como las de Alexis Petridis en The Guardian, que articula visualmente lo que sugiere el título del disco: «suena como algo que verías en un póster en la cocina de cierto tipo de personas, junto a un cartel que te informa de que es la hora del prosecco, el álbum tiene un problema con las letras». Por su parte, Neil McCormick, crítico musical de The Telegraph desde 1995 lo refleja con otra singular imagen en su titular: «el nuevo álbum de Harry Styles tiene toda la carga emocional de un anuncio de perfume». Y es que es en la asociación o el uso de ciertos sonidos dónde y cómo se realiza la apropiación de un capital simbólico. Algo que en términos de branding se define «orgánico» y que es en realidad un ejercicio de bordado cuando no hay mucha tela que cortar.
Lo que ocurre es que los estándares de calidad del espectáculo en el universo de la música pop lo han levantado, con mucho esfuerzo y resistencia ante críticas misóginas, las mujeres y las personas LGTBIQA+. Siguiendo estos baremos podemos afirmar que tanto la actuación de Harry Styles en los BRITs como su disco no tienen relevancia en la práctica artística: la ventaja del queerbaiting es que un hombre joven y blanco, con poco que aportar si atendemos a la complejidad de sus letras y a sus intervenciones en entrevistas, se beneficia de su posición como hombre en la industria, y se alimenta del capital simbólico que aporta lo queer y feminista para insertarlo como una tendencia, o incluso como un estilo propio. Este es el truco. Uno, que además tiene una esencial tangente interseccional: algo que explica muy bien Sasha Geffen en el planteamiento de su ensayo ‘Glitter Up the Dark: How Pop Music Broke the Binary’, una ‘biblia’ la historia musical queer. «En la primera mitad del siglo XX, los músicos negros estadounidenses dieron lugar a géneros nuevos y peligrosos, como el jazz, el rhythm and blues y el rock and roll. La historia de la música estadounidense es la historia de la música negra, y dado que el binario de género está indisolublemente ligado a la blancura, la historia de la música pop necesariamente comienza ligeramente fuera de sus parámetros», narra la escritora, dejando claro que lo queer solo se puede entender como una ruptura del binarismo, y eso supone una posición de reconocimiento a personas racializadas.
Por su parte, el periodista británico Jeffrey Ingold se preguntaba a finales de 2025 en un artículo en The Guardian por qué se está excluyendo a las estrellas pop masculinas homosexuales de la industria musical. Lil Nas X está lidiando con problemas de salud mental tras el fracaso de sus últimos lanzamientos y el rechazo homófobo de la industria del rap norteamericano; Khalid lanzó su primer álbum desde que su exnovio reveló su homosexualidad en 2025, pero solo vendió 10.000 copias en la primera semana en Estados Unidos, y tras alcanzar el éxito con Years & Years, el álbum debut en solitario de Olly Alexander, ‘Polari’, solo ha conseguido alcanzar el puesto número 17 en las listas británicas, según relata Ingold. La mayor parte de las referencias estéticas de las que se benefician artistas como Damiano David, Nick Jonas o Benson Boone juegan con la androginia y el deseo homosexual. Sin embargo, en 2026, el público sigue penalizando a aquellos artistas queer que ponen el cuerpo y su identidad en su trabajo artístico.
«Mi trabajo consiste en dejar que la gente observe mientras yo hago las preguntas. Porque las preguntas son más interesantes que las respuestas», dice Styles a Haruki Murakami (referencia número dos del hombre performativo) en una de las entrevistas más aburridas de la historia para Runners World, acompañada de una serie de fotografías en las que se aprecia a Harry haciendo running (referencia número tres y alerta del hombre performativo). La cuestión es que Harry y su música no nos preguntan nada, no nos sitúan en una incomodidad en la que poder leernos para con un aprendizaje o reflexión de cierta sustancia. Y es por eso por lo que señalar estas cuestiones no debe leerse como un ataque, sino como un rescate de las ideas originales que nacieron en las profundidades de la cultura queer underground para que se entiendan bien, y se aprenda a distinguirlas del apropiacionismo, que reduce lo político a un producto. Pero también aplicar justicia artística de aquellas que a través de la música decidieron exponerse cuando aún era considerado peligroso, y crearon algunas de las canciones que han definido nuestra historia, precisamente, por lo que tenían que decir o por las preguntas a las que nos acercaban.




